Opinión

Estamos en Adviento. Época de esperanza. De extraernos lo que engrandece y eliminar lo que reduce. Obligados a levantar a quienes tanta injusticia, desorden e irresponsabilidad mantienen postrados. Tiempo de prepararnos para celebrar la llegada del Hijo de Dios.

Se sea cristiano o no, es difícil sustraerse en estos días de lo que llama a la alegría, a compartir, que enriquece. El ambiente induce, se ame o no a Jesús y a María, a la virtud e integridad a ser emuladas por los seres humanos. Un buen cristiano es un buen ciudadano. Y aunque no todo buen ciudadano tiene que ser cristiano, sí hay que respetar las leyes de Dios y de los hombres. Por la paz indispensable.

¿Estamos viviendo el Adviento? ¿Hacemos frente a la oportunidad de trascender tantas carencias personales y colectivas? ¿Cómo podemos? Con generosidad. Dando. Lo material o lo afectivo posible. Sea alimento, vestido o atención a quienes se los debamos, queramos o lo necesiten. Con buenas obras que aligeren el peso a los más pobres, de espíritu y de cosas materiales. Con autocrítica que oriente la transformación de nuestras vidas. Oportunidad para revisar nuestros actos y proponernos corregir lo que mina las capacidades de contribuir a una vida mejor.