Revistas

Pequeñas historias, grandes hombres

El valor, la astucia, el esfuerzo, el discernimiento y la perseverancia de Napoleón Bonaparte, Alejandro Magno y los antiguos romanos, cuyas hazañas marcaron el curso de la humanidad

FOTOGALERÍA
15.04.2012

Hay personajes que definitivamente han marcado el curso de la humanidad, y sus hazañas, ya sean grandes o pequeñas, nos muestran las virtudes que hacen que su gloria perdure aún hasta nuestros días.

Napoleón Bonaparte, Alejandro y los antiguos romanos nos muestran su valor, astucia, esfuerzo, discernimiento, perseverancia. Pequeñas historias para sonreír
y a la vez reflexionar.

LA ANTIGUA ROMA.
Existió un soldado en la ciudad de Pompeya que estaba de centinela en un templo cuando sucedió la erupción del Vesubio (79 d. n. e).

La lava hirviente redujo a cenizas todo cuanto había entorno a él; todo se desplomaba, todo se deshacía, todo se tambaleaba en derredor de él.

¡Más ese glorioso centinela no se movió ni un solo paso del lugar que le señalara el deber! ¡Tenía que custodiar el sagrado lugar! Este temple, esta fidelidad de principios, esta frente levantada, era el carácter romano.

En alguna parte de las fronteras del Imperio, una centuria protegía heroicamente su bastión frente a los bárbaros.

Los romanos fueron vencidos no quedando un solo soldado vivo. Las matronas estaban decididas a tomar las armas, cuando de pronto se presentó un representante de los esclavos, quienes se ofrecieron a defender el bastión.


Las matronas entre el estupor y la duda accedieron -debido a la coyuntura- a tal petición.

Los esclavos tomaron las armas y se batieron fieramente frente a los bárbaros. Estos ante tales pruebas de valor y para evitar el alargue de la cruenta pugna gritaban, pidiendo desde su lado la rendición de los esclavos romanos a cambio de su libertad.

Ante la presencia de las matronas y en medio de lo tenso del momento, los esclavos responden con una andanada de flechas y el empuje bravío de sus filas. El bastión se salvó y la victoria fue romana.

Luego de la batalla los esclavos formaron en medio del patio central del fortín una pirámide con las armas y el jefe de los mismos entregó su arma a la matrona mayor.


Ella, un tanto estupefacta, le pregunta por qué no aprovecharon la propuesta de los bárbaros cuando les ofrecieron la libertad. Este esclavo, con cierta altivez respondió: “Nosotros preferimos ser esclavos en un mundo civilizado como el de Roma, antes que ser hombres libres en un mundo como el de los bárbaros”.

Alejandro Magno, el conquistador

El Rey Darío, al verse vencido envía un emisario a Alejandro, con la proposición que si suspendía las hostilidades le concedería la mano de su hija con todo el territorio de Asia Menor como dote y un tesoro de diez mil talentos. Parmenión, consejero de Alejandro le sugirió:

-Si yo fuera Alejandro, aceptaría…

-También aceptaría yo, si fuera Parmenión.

Hubo en Frigia un buen campesino llamado Gordio. Toda su riqueza consistía en un carro y dos bueyes que tiraban del carro. El oráculo vaticinó que sería el rey de Frigia el primer hombre en pasar por cierta calle. Aquel primer hombre fue Gordio. Lo nombraron rey y fundó la ciudad de Gordio.

Y una vez le preguntaron cuál era su secreto, enseñó el nudo que ataba a sus bueyes del carro y dijo:

-Este nudo, que nadie es capaz de hacer ni de deshacer, lo he hecho yo.

A la muerte de Gordio el carro y el nudo fueron guardados en un templo, confiando en que mientras nadie deshiciera el nudo, el reino de Frigia no sería sometido ni destruido.

Llegó ahí Alejandro en su expedición guerrera y se enteró del oráculo y la leyenda. Entró en el templo y de un tajo, con su espada, partió el nudo gordiano y lo deshizo, entonces Frigia fue sometida.

NAPOLEÓN.

En los momentos finales de la gran batalla de Waterloo, un contingente de soldados franceses prorrumpe a la vez: ¡Viva el Emperador! Los moribundos y los heridos se yerguen para gritar también.

Un viejo granadero, que llevaba en su piel honrosamente las cicatrices de Marengo, tirado en el campo, con las piernas destrozadas por bala de cañón, alienta a sus compañeros cuando iban al fuego:

-“Esto no es nada camaradas, ¡adelante!, ¡seguid! ¡Todo por el Emperador! ¡Viva el Emperador!”

Era como si hablasen los bronces. Es así que los cinco batallones de la Guardia Imperial, cerrando filas, con sus rostros fieros y los corazones henchidos de valor se van directo a las baterías enemigas, quienes en constantes cañoneos rompen sus filas, pero estas nuevamente se alzan poderosas y legendarias. Entonces, se escuchó decir a su padre:

-“Hay que morir aquí, hay que morir en el campo de batalla”.

Pero sus hijos no lo permitieron, pues el destino le tenía reservado un nuevo trono en una isla del Atlántico, donde con su pluma haría una nueva corona de laurel.

Cuando ya estaba todo perdido al enfrentarse contra ingleses, hannoverianos, belgas, holandeses y prusianos, escucharon la compasiva voz de rendición:

-¡Rendíos franceses, rendíos!

El general Cambrones que los dirigía directo al fuego enemigo, contestó con estas palabras:

-Queréis ver cómo mueren los generales y soldados franceses, ¡venid a verlo!

-Sabemos muy bien, que merecen llamarse soldados de Bonaparte, pero todo está perdido. ¡Rendíos!

-Si nos rendimos, -contestó-, el Emperador seguirá entre nosotros.

-¡Eso es imposible! ¡Dejad vuestras armas! ¡Rendíos!

Y entonces, ofrecieron el sublime holocausto de sus vidas. Cerrando filas y calando bayonetas, directo al fuego enemigo respondieron con estas sagradas palabras:

¡LA GUARDIA MUERE PERO NO SE RINDE! Cuando Napoleón se entera que su plan para la Campaña de Italia, obtuvo la siguiente contestación del general: “Esta es la obra propia de un loco… que él mismo se encargue de hacerlo”, exclamó:

-Lo imposible es el refugio de los cobardes y de los flojos.

Cuenta el Conde de Casas, en su Memoria de Santa Elena, que un 22 de julio, hallándose en aquel desierto, observaron que la guarnición inglesa se aprestaba a conmemorar una de las acciones de guerra en aquel regimiento había tenido una gran intervención.


Alguno de los que acompañaban a Napoleón en su exilio se permitió opinar, con cierto escepticismo, la improcedencia de la fiesta, ya que precisamente el regimiento en cuestión casi había perecido en la batalla que conmemoraban. Napoleón, secamente:

-Un regimiento no perece frente al enemigo: se inmortaliza.

En la vida de Napoleón encontramos un ejemplo excelente del gran poder de que tiene la incontrastable voluntad para vencer increíbles dificultades.

Cuando conquista países uno tras otro e imponía su poder a los pueblos, le dijeron que los Alpes cortaban el camino a su ejercito. Él contestó con tranquilidad:

-Entonces, ¡Fuera los Alpes!

Y en una región por donde antes no se podía dar un paso, trazó el célebre camino del Simplón. ¡Titánica fuerza de voluntad!

La victoria napoleónica de Ratisbona (23 de abril de 1809), durante la quinta coalición contra el Emperador de los franceses, ofrece la singularidad de ser la única acción de guerra donde Napoleón resultó herido: una bala le rozó un pie.

Poco supone, sin embargo, para una anécdota, ni tampoco le añade interés el que Lannes, autor de esta victoria, hubiese de morir un mes más tarde en la batalla de Essling. Pero se produjo en ella una cierta emotividad, mayor aún por el anónimo en que el protagonista quedó.

Napoleón, rodeado de su Estado Mayor, espera las noticias de Lannes a discreta distancia del combate. Su Majestad Imperial ha sido alcanzado de refilón por una bala, y todas las precauciones parecen pocas.


Llega al galope un oficial de órdenes hasta el grupo del Emperador. Difícilmente pálido, saluda, y con voz ronca comunica la caída de la plaza y la felicitación del mariscal Lannes al Emperador por este nuevo triunfo de las armas francesas.

-¿Estáis herido?- le pregunta el Emperador.

-No, Sire, -contesta el oficial- ¡Estoy muerto!

Cayendo del caballo, ya occiso.

Tags: