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Cadena sangrienta

Una cadena de crímenes, la confusión de la Policía y un final inesperado.

22.06.2013

Este relato narra un caso real. Se han cambiado los nombres.

RESUMEN. En la primera parte de este caso, titulado “Cadena sangrienta”, la Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) se enfrenta a una serie de crímenes que se convierten en un misterio conforme va pasando el tiempo.

Poco antes del anochecer, al final del bulevar Morazán, dos hombres y una mujer secuestran un taxi y, poco después, el chofer es asesinado en una orilla del anillo periférico.

Casi a la medianoche, los detectives de turno regresan de reconocer el cuerpo de un privado de libertad que fue asesinado a cuchilladas en la cárcel de Támara.

Al día siguiente, el taxi es encontrado abandonado y con manchas de sangre en su interior. La mañana de ese día, una mujer que regresa de la escuela de dejar a su hijo, es asesinada a cuchilladas cerca de su casa y, horas más tarde, el cadáver de otra mujer es encontrado en la zona de Los Laureles, con un balazo en la sien izquierda.

Este es el último cuerpo que deben reconocer los detectives de homicidios antes de entregar el turno.

TRABAJO. Poco después del mediodía, los detectives están en las oficinas de la DNIC, en Villa Adela, cuando se recibe la llamada anónima de una mujer que dice que en su cantina está bebiendo un hombre que parece desesperado, que lleva mucho dinero en la bolsa, que lleva una pistola en la cintura y que tiene manchas que a ella le parecen de sangre en las manos, en la manga derecha de la camisa, en el muslo derecho del pantalón y algunas salpicaduras color ocre en la parte derecha del cuello.

Los detectives, a regañadientes, obedecen la orden de darse una vuelta por la cantina para ver qué es lo que pasa con aquel hombre. Cuando salen al estacionamiento de la DNIC, los técnicos de Inspecciones Oculares están terminando su trabajo en el taxi.

“¿Encontraron algo?”

“Huellas”.

“¿Cuántas?”

“Siete. Diferentes”.

“¿A que hora tienen los
resultados?”

“Eso depende de la gente de Dactiloscopia”.

“¿Qué más encontraron? ¿Casquillos de bala?”

“No, ninguno. Pero hallamos latas de cerveza, botes vacíos de Yuscarán, restos de marihuana, un cuchillo de cocina manchado con sangre seca y dos cabellos rojos y largos…”

“¿Pelos rojos y largos?”

“Sí”.

“¡La mujer que encontramos en Los Laureles tenía el pelo largo y pintado de rojo!”

LA CANTINA. Era uno de esos garitos donde se alcoholizaban varios hombres en medio de las rancheras ensordecedoras de la rocola, los gritos incoherentes de los decepcionados, el andar mecánico y perezoso de la única mesera y las miradas ávidas de las prostitutas que esperaban en los rincones…, que solo esperaban.

Cuando los detectives aparecieron en la puerta, el olor a tabaco, a alcohol, a sudor, a vómito antiguo y a creolina, les atacó la nariz. Una mujer alta y huesuda, que ya llevaba a cuestas muchos años, los reconoció de inmediato, les hizo una señal estirando los labios y los detectives avanzaron cautelosos hacia un rincón oscuro, donde, sentado y con la vista fija en la pared de enfrente, un hombre dejaba caer sobre la mesa la baba transparente que le salía de la boca entreabierta.

Cuando las sombras de los detectives le quitaron un poco de luz, su rostro pareció avivarse, levantó la cabeza, miró hacia un lado y se quedó quieto como una estatua. Los detectives le apuntaban dos pistolas de nueve milímetros a la cabeza.

“¡Las manos arriba!”

“¡Y te levantás despacio!”

El hombre se puso de pie lentamente, sus manos estaban sobre su cabeza y no se opuso a que lo registraran. Un detective sacó de su cintura un revólver .357, S&W, blanco, abrió el tambor y revisó la carga.

Tres balas estaban intactas; los otros tres cartuchos estaban vacíos, percutido. El detective siguió con el registro. De un bolsillo del pantalón le sacó un fajo de billetes de a quinientos lempiras, amarrados con una cola roja de mujer.

“¿Cuánto andás aquí?”

El hombre tardó en responder.

“Son cincuenta mil lempiras, raza… Se los doy si me dejan ir”.

El detective le bajó un brazo, luego el otro, le puso las esposas y lo giró empujándolo de un hombro.

“¿Por qué tenés sangre en las manos?”

“No sé, bato, no me preguntés nada… Dejáme ir y te doy la lana…”

El detective se paró a su lado, lo empujó hacia donde había más luz y miró su lado derecho. La mujer no se había equivocado. Tenía sangre en el cuello, en la camisa, en el pantalón y la mano derecha estaba salpicada. En algunos billetes también había manchas de sangre.

“¿De dónde sacaste todo este dinero?”

“Transemos, hermano… Con la Policía nos podemos entender…”

“Sí, pero queremos saber de dónde sacaste todo este pisto”.

“De un trabajo que hice…”

“¿A quién mataste?”

“¿Me vas a dejar ir?”

El hombre dejó de hablar de pronto. La cacha de una pistola se estrelló en su cabeza con fuerza, dio un paso hacia atrás, se tambaleó y pareció que iba a desmayarse.

“¡Vos mataste a la mujer que encontramos en Los Laureles, la
que tenía el pelo pintado de rojo! ¡Vos fuiste, hijuep…! ¿Por qué la mataste?”

El hombre lloraba. No dijo una palabra más.

“Y vos fuiste el que mató al taxista en el anillo…
¿Y así querés que te dejemos ir?”

“¿Vos los mataste?”

El hombre siguió en silencio.

“Mirá, basura, tenemos la pistola con que los mataste… Al taxista le disparaste dos veces, a la mujer una, cuando iba sentada a tu lado en el taxi que te robaste… En la pistola te faltan tres balas… ¿Querés que te ayudemos?”

El hombre movió la cabeza hacia adelante. Ya estaba en la calle y se estaba subiendo a la parte de atrás de la patrulla. Un detective se sentó junto a él.

“Tenés que colaborar con nosotros”.

“¿Me van a dejar ir?”

“No”.

“Les doy los cincuenta mil pesos”.

“¿Cuáles cincuenta mil pesos?”

“Esos que me sacaron…”

“Este chavo está delirando… Cincuenta mil pesos… ¿De dónde vas a andar cincuenta mil pesos vos, basura? Mejor decime por qué mataste a la mujer…”

PASEO. El hombre acababa de recobrar sus cinco sentidos. Ahora temblaba de miedo.

“¿Qué me van a hacer? ¿Para dónde me llevan?”

“Vamos a darte una vuelta, para que platiquemos… Decíme, ¿por qué la mataste?”

“Por la maldita ambición, hermano… por puritita ambición…”

“¡Ajá! Vos le robaste el pisto…”

“A ella le pagaron ese pisto por un trabajo…”

“¿Qué trabajo?”

“Por matar a una mujer…”

Los detectives se miraron sorprendidos.

“¿A una mujer?”

“Sí”.

“¿A una muchacha que mataron a cuchilladas en las gradas de su casa hoy en la mañana?”

“Sí…”

“¿Vos fuiste con ella?”

“Yo manejé el taxi…”

“¿El que se robaron el en bulevar Morazán anoche?”

“Sí… Al principio éramos dos, pero el otro bato se chorrió porque la mujer me obligó a matar al taxista…”

“¿Vos lo mataste?”

“Sí, pues…”

“Se robaron el taxi para ir a matar a la mujer hoy en la mañana…”

“Así es…”

“¿Y la mujer por qué quería matar a la otra?”

“Eso no lo sé, man… Yo solo le hice el paro y me dijo que me iba a pagar diez mil varas… Yo no sé que ped… se tenía con esa mujer… Yo ni la conocía… Ese es rollo de ella…”

“Ahora es rollo tuyo… ¿Sabés que estás en un p… de lío, verdad?”

“¿No me vas a dejar ir, hermano? Mirá que te doy el billete y te estoy colaborando…”

“¿El billete? ¿Cuál billete? Mirá, mejor preparate para hablar con el fiscal… Vas directito pa’ la grande, papa”.

El hombre abrió la boca para protestar pero la sonrisa del detective detuvo las palabras en su garganta. Los ojos, claros y vidriosos, parecían querer saltar de su órbitas.

“Oíme, ¿y el hombre que mataron anoche en la penitenciaría?”

“De eso no sé nada, hermano… Mejor dejame ir…”

“¿Cómo se llamaba la mujer que mataron hoy en la
mañana?”

“No sé, mano, la chava solo le
decía ‘esa perra’… A mí solo me interesaba el billete…”

“¿Vos viste cuando la
mató?”

“No, yo me quedé en el
taxi… Ella entró al callejón cuando la vio venir, se bajó y después regresó con el cuchillo en la mano, llenita de sangre… Mirá, bato, un güirro que jugaba ‘maules’ en la calle la vio y se escondió detrás de un poste… Yo no te miento, man… Ayudáme, por fa… No quiero volver al ‘tabo’…”

HUELLAS. Antes de las seis de la tarde, los detectives, cansados, ojerosos y de mal humor, tenían en sus manos el informe de Dactiloscopia. Las huellas del hombre capturado en la cantina estaban en el taxi.

También las de la pelirroja. Encontraron una huella digital del taxista y una cuarta en el llamador de la puerta izquierda trasera.

En el cuchillo había dos huellas de la pelirroja. El misterio se iba aclarando.

MISTERIO. Sin embargo, faltaba saber quién era el hombre que se comunicaba con Martha por teléfono, por qué la habían asesinado y quién era el muerto de la penitenciaría.

A las diez de la noche, los detectives estaban de nuevo en la patrulla. Un fiscal iba con ellos y un contingente de los COBRAS esperaba en un camión.

Los detectives tenían una sospecha. Habían marcado de nuevo el número al que se comunicaba Martha y les contestaron.

“¡Hey, batío, quiero que me hagás una vuelta allí en la
‘pesca’…”

El detective había sonado convincente. Alguien le contestó.

“¿Tenés billete?”

“Sí…”

“Mandáme una recarga, pues, y hablamos…”

Mandaron la recarga, llamaron de nuevo pero el teléfono estaba apagado. Entonces tomaron una decisión: hacer un cateo a la medianoche.

Sin embargo, a eso de las diez y media, uno de los detectives de homicidios se acercó a sus compañeros con un expediente en las manos.

Era el expediente del hombre muerto en la cárcel. Tenía tres meses de haber ingresado, acusado de robo.

Su hermano, Javier, era sospechoso del mismo delito pero la Policía no había dado con él todavía.

“¿Tenemos alguna dirección?”

“Falsa”.

“¿Dónde está el cuerpo ahorita?”

“En Guaimaca… Lo retiraron en la tarde”.

“¿Quién lo retiró?”

“Familiares…”

“Vamos a la morgue”.

A las doce de la noche regresaron con una sonrisa de oreja a oreja. Javier, el hermano mayor, había retirado el cuerpo, lo había llevado a Guaimaca y ahora estaba en una silla, en silencio, cerca del ataúd de su hermano. La Policía lo estaba vigilando.

“¿Qué hacemos?”

“Vamos a Guaimaca”.

“Y el cateo”.

“A las seis de la mañana”.

“¿Qué hacemos con el hermano?”

“Qué le caigan y lo lleven a Talanga… Allí vamos a hablar con él…”

“Para eso mejor que lo traigan hasta aquí…”

“¿Tiene orden de captura?”

“Sí…”

“Entonces vamos a ofrecerle un trato… El debe saber algo sobre la muerte de su hermano… No lo molestamos si nos ayuda…”

EL TRATO. Era un hombre frío, de mirada serena y firme, ademanes lentos y cabeza siempre levantada. Dijo que él era el culpable del robo de la moto en Villas del Sol y que la Policía “le echó el clavo” a su hermano.

Que su hermano iba a salir en unas dos semanas.

“¿Cuándo lo viste por última vez?”

“Desde que la Policía le cayó encima por lo de la moto no lo vi más”.

“¿Te comunicabas con él?”

“Todos los días. Yo quería a mi hermano y él estaba pagando algo que no hizo”.

“¿Todos los días hablabas con él?”

“Sí”.

“¿Por qué creés que lo mataron?”

“Por mí… Lo mataron por mí…”

“No te entiendo…”

“Mirá, men, yo soy un man cabal… Si estamos hablando no me vas a dar tango… Yo sé quien mató a mi hermano, pero no te lo voy a decir… Eso lo vamos a arreglar nosotros y al modo de nosotros…”

“¿Vos vivís en Guaimaca o en Tegus?”

“En Tegus”.

“¿En qué parte?”

“En El Carrizal”.

“¿Y tu familia…?”

“No tengo familia, man…”

“¿Por qué mataron a tu hermano?”

“Ya te dije que por mí…”

“A ver, explicáte mejor… ¿Tenés enemigos en la penitenciaría”.

“Por ahí va la cosa”.

“¿Quién quiere matarte a vos está preso?”

“Así es…”

“¿Y por qué quiere matarte…?”

“Ya te dije suficiente, bato… Ya está… Ese man va a pagarme con su vida el mal que me hizo”.

“¿Y por qué te hizo mal? ¿Qué le hiciste vos a él para que se vengue matando a tu hermano?”

“Eso es ped… mío…”

“Mirá, tenemos tu orden de captura, te tenemos agarrado… Es fácil llevarte, mandarte a la ‘pesca’ y ponerte cerca del man que te quiere pelar… ¿Qué creés que te conviene?”

UN ASESINO. “Mirá, man, yo vivía con una vieja desde que me deportaron de la ‘iúsa’, esa chava se había dejado con un fregado que mataba por encargo, sicario, pues… Lo agarraron y la mujer se alejó de él…, y se metió conmigo…

Yo la conocí en el ‘tabo’, cuando iba a visitarlo a él, pero él era malo con ella, y ella no volvió… Yo salí hace un año y la busqué y me empaté con ella… El man se dio cuenta y la amenazó… Ayer la mandó a matar… La cosieron a puñaladas cuando venía de la escuela…

Ella se quedó con el negocio de ropa usada que tenían y el man la molestaba… Ese bato se dedica a lo mismo desde la cárcel, y va a pagar la muerte de mi ‘jeba’ también… Dejó a sus propios hijos en la calle…”

Los detectives se quedaron con la boca abierta. En realidad, lo más increíble es la verdad.

“¿Martha era tu mujer?”

“Sí. Yo los vi a ustedes cuando recogían el cuerpo, pero como tengo clavo, mejor me escondí”.

“¿Sabés quién la mató?”

“Una chava… Una pelo rojo… Esa mujer era amante del man desde que Martha lo iba a visitar…”

“¿La conociste?”

“Se llama Gabriela…”

“¿Sabés que a Gabriela la mataron…?

“No, no sabía…”

“Parece que le robaron cincuenta mil lempiras”.

“¿Cincuenta mil? Si esa chava andaba cincuenta mil baros es porque él se los dio, y no para algo bueno…”

“¿Vos creés que era para que mataran a tu mujer?”

“Ese man se la tenía cantada”.

“Decíme una cosa, ¿por qué Martha hablaba bastante con alguien que vive en Támara?”

El hombre rió.

“No era Martha, era yo… Compré los números a su nombre, le di uno a mi hermano y el otro lo tenía ella en la casa… Yo lo llamaba siempre…”

“¿Es este el número de tu hermano?”

Javier esperó un poco antes de responder.

“Sí, ese es”.

“¿Sábes que alguien lo tiene y lo está usando?”

El hombre se mordió los labios. Sus ojos echaron chispas.

“Dame el nombre del que mandó a matar a tu hermano y a tu mujer”.
Javier abrió la boca después de pensar un minuto. Los detectives se vieron entre sí y sonrieron.

“¿Querés saber quién mató a la asesina de tu mujer?”

“No me interesa”.

CATEO. A las seis de la mañana, una mañana fresca y silenciosa, la Policía entró a las celdas. El sospechoso no opuso resistencia.

El celular del hermano de Javier estaba en poder de un hombre que se tiró al suelo cuando los COBRAS lo apuntaron con sus fusiles. Debajo de un colchón de algodón encontraron un cuchillo artesanal, con mango de papel envuelto en cinta aislante.

Tenía manchas de sangre, estaba envuelto en un pedazo de papel periódico y metido en una bolsa negra para basura.

El dueño dijo que le pagaron cinco mil lempiras por matar al muchacho.

“¿Quién te pagó?”

“Yo no soy sapo”.

“Le vamos a decir al Loncho que vos decís que él te pagó…”

El hombre se orinó en los pantalones.

RISA. Loncho no dejaba de sonreír. Era una mueca despectiva, fría, diabólica. No dijo una sola palabra. Solo habló con su abogado defensor.

Un año después lo mataron en una de esas revueltas que se daban con frecuencia en la penitenciaría. No se sabe quién le quitó la vida.

Algunos le echan la culpa a Moncho Cálix. Otros dicen que pagaron desde afuera. Dicen los detectives que el asesino del taxista y de Gabriela murió en el incendio de la cárcel de Comayagua.

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