Estos son momentos de sensaciones encontradas en la vida de los hondureños. Un país trabajador que yo comparo con el mío en materia futbolística y, francamente, creo que esa opinión está basada en la garra, en lo que ponen adentro de la cancha y que todo, absolutamente todo le cuesta mucho, como al mío, Uruguay. Hace poco festejaron hasta tarde la victoria contra Jamaica que les dio la posibilidad de clasificar a un mundial por segunda vez consecutiva.
Por otro lado, basta aterrizar en el Toncontín para que uno se dé cuenta de la polución de mensajes publicitarios vendiendo a todos los candidatos políticos como los mejores y lo anecdótico es que “dependiendo el ojo con el que se lo mire”, todos aparecen primeros en los resultados de las encuestas.
Yo me preguntaba: ¿qué resultaría más importante para el hondureño en estos momentos, la esperanza de un mundial o la esperanza de un nuevo país, sin violencia, sin corrupción y con más trabajo?
La respuesta a esta pregunta es que ambas cosas son valoradas por los catrachos. Las dos son muy importantes y podrían cambiar la historia de un país, aunque claro, esta última le haría mucho bien al país como país.
Ojalá una cosa siga siendo una cosa y otra cosa siga siendo otra cosa, ojalá que la corrupción del sistema político, los fraudes eleccionarios y muchas otras cosas más, que suelen aflorar en estas épocas, no maten la ilusión de ocho millones de hondureños que quieren ver a su Selección en lo más alto del campeonato del mundo, ni tampoco se utilice esa ilusión para subestimar a la gente y tapar las mentiras, porque todo un país también quiere salir a caminar a la calle con la tranquilidad que no pasará nada.
Soy uruguayo, vivo en Centroamérica desde hace muchos años y puedo asegurar que caminar por las calles libremente es la sensación de libertad que todos quienes vivimos en estos países añoramos.
Un día alguien me contó que viajó a Uruguay por trabajo y a las 10 de la noche le preguntó al conserje del hotel, dónde podía ir a comer a esa hora y la respuesta fue “aquí, a 4 cuadras está el shopping”, a lo que mi amigo le pidió que le llamara un taxi para ir hasta allí y el conserje lo miró incrédulo y le dijo: Bienvenido, usted está en Uruguay.