Algunos creen que la solución de la crisis vaticana, antes comentada, llegará con el cambio de papa. Sin embargo, Ratzinger no ha creado el conflicto, que refleja una fractura estructural gestada poco después de la muerte de San Pablo, hacia el año 64.
La religión cristiana fue al principio una actividad no estructurada, compartida por los fieles en comunidad, en decisiones colectivas, sin normas generales para las poblaciones creyentes.
Pero cuando creció la feligresía faltaron reglas, prácticas comunes, estructura, que una vez organizada, se volvió poco a poco administración profesional, separada del culto.
Tal estructura se mezcló con el tiempo en los debates teológicos y en los intereses políticos de la Iglesia. Es en la urdimbre de teología, política y administración donde nacen y crecen los conflictos internos. Cuando el cristianismo fue declarado religión oficial del Imperio Romano (313 y 325), el emperador, que asumió la dirección de la Iglesia con el título de Pontífice Máximo, suprimió la democracia original, se arrogó la autoridad religiosa superior, y tomó la dirección administrativa.
No tuvo que pensarlo. La religión romana fue, desde la República, una función administrativa del Estado, ejercida por un funcionario de carrera que recibía el título de pontífice máximo.
El emperador había sido pontífice máximo de Júpiter, y ahora lo era de Dios, así que retuvo, se dijo que por gracia divina, todo poder civil, religioso y jurisdiccional. Él era un delegado de Dios en la Tierra.
El primer papa en sentido estricto fue León I (440-461), a quien el emperador Valentiniano III cedió el cargo de Pontífice Máximo. Luego, Gregorio I (590-604) organizó la estructura jurídico-política de la Iglesia y del Estado, y consolidó, como materia teológica, el origen divino de esa estructura.
Este es un punto central del debate teológico. Ratzinger declara a Massori (artículo anterior), que la estructura de la Iglesia “no es democrática, sino sacramental…”; que “aquí la autoridad no está basada en la mayoría de votos, sino en la autoridad del propio Cristo, quien quiso pasarla a hombres que serían sus representantes hasta su retorno definitivo”.
Los teólogos reformistas objetan tal autoridad, porque proviene de decisiones humanas, no de la palabra revelada. Además, dicen, “sacramental”, por definición teológica, es un signo según el modelo instituido por los sacramentos, que expresa y obtiene, por intercesión de la Iglesia, su creadora, efectos espirituales. Por consiguiente, concluyen los reformistas, la autoridad papal y la estructura administrativa pueden ser modificadas, puesto que son humanas, no divinas.
Sea que tengan o no razón, ya en la práctica el asunto no es tan sencillo. La teología es argumentable y la política es negociable. Pero una estructura administrativa de dos mil años no se desmonta en cinco, ni en diez ni en veinte; ni, en el proceso, los intereses políticos y económicos pueden ser ignorados.
Tanto la reforma como el inmovilismo conllevan gran peligro. Con todo y sus conocidas desgracias, la fuerza gravitacional de la Iglesia Católica es planetaria. Nada escapa a su influencia. Bien un colapso, bien una prolongada postración, invalidarían su poder espiritual, que es hoy más importante que nunca en la búsqueda de equilibrios y salidas para la humanidad, cuya crisis padecemos todos.
Ratzinger, gran teólogo, a la vez discutible y luminoso, convoca a las religiones del mundo a un pacto para replantear la globalización, antes que el consumismo que promueve acabe con la moral y destruya el planeta (Libro: “Muchas religiones y un solo pacto”). Ninguna institución tiene, como el Vaticano, tanta fuerza para convocar a tal empeño, aún ahora.
La humanidad, como la Iglesia, arrastra su propia crisis milenaria, en el borde de los abismos del caos y de la disolución. Ambas tienen salida en el diálogo, en la prudencia, en la disposición a ceder posiciones insostenibles, en el ánimo de salvar a la humanidad.
Ambas necesitan líderes inspirados y creíbles. Para ambas hay, en medio de la desesperanza que nos tiene a todos con el ánimo agachado, indicios de que las cosas pueden cambiar, de que todavía podemos recuperar la razón.