Así como en otras latitudes, el corte de árboles de abeto o la aparición de las nieves invernales anuncia la proximidad de la época navideña, en mi infancia era la compra de una humilde ramita lo que marcaba oficialmente el inicio de esta festividad en casa.
A finales de noviembre, familias enteras se dedicaban a cortar ramas, juntarlas laboriosamente, darles forma arbórea y colocarles una base de madera, para luego pintar todo con color plateado.
La parte final del proceso se hacía en el mismo lugar de venta: una acera ancha o un espacio de la plaza, a veces
frente a los potenciales clientes.
Los vendedores solían recibir el dinero con manos y brazos totalmente llenos de pigmento e impregnada su vestimenta de un fuerte olor a pintura y diluyente.
Los chiquillos colaborábamos en el proceso de identificación de “la mejor rama”, ignorando que la decisión final de tamaño y apariencia pendía del hábil regateo de nuestros padres.
Trasladar la rama a casa y su entrada triunfal al recinto familiar era todo un acontecimiento, que se complementaba por el alborozo al desempacar los adornos y luces multicolores.
Después que papá se las ingeniera para rodear el ramaje con el alambre eléctrico de los foquillos y ubicáramos las bolas de vidrio por doquier, nuestra madre cubría la tosca base de madera que mantenía en precario pie la rama, con musgo y plantitas propias de la temporada.
En casa de los abuelos, la tradición era otra. Ahí, el proceso consistía en trazar el diseño de un pueblito, preparar la base de un portal o belén, con papel, piedras, aserrín, musgo y tierra; limpiar con primor cada una de las elaboradas piezas del nacimiento.
Después, con fidelidad a la tradición, colocar“en su lugar” las figuras de la sagrada familia al centro del pesebre, con el burro y el buey rodeándoles, pastores y ovejas adorando de cerca,
ángeles y estrella sobre la escena principal, sin olvidar dos detalles especiales: la que personifica al niño está ausente, mientras los figurines de los magos (o reyes magos) están “lejos”, pues uno llega la noche del 24 de diciembre y los otros el seis de enero, respectivamente.
Rama o portal los regalitos se ubicaban al pie, variando el día y hora de entrega: en nuestra casa se hacía en familia al despertar del 25 de diciembre, pero donde la abuela era hasta el siguiente año, el día de los reyes magos.
Siendo niños, la única diferencia entre una y otra fecha era que a esas edades la paciencia es tan corta como los pantalones que vestíamos, así que esperar “los magos de los abuelos” era una “real tortura”, que solo aliviaban los obsequios.
Al finalizar las fiestas, la rama era desprovista de ornamentos y era desechada; el portal se desarmaba, se limpiaban y guardaban las figuras, hasta que llegara el nuevo año para repetir todo el ritual.
Estos días ¿adornará usted rama, árbol o portal? Lo haga o no, recuerde que las fechas venideras son para compartir con los demás, dando los mejores regalos: paz, amor y alegría, esos que buena falta nos hacen hoy y que deseamos a usted y los suyos, donde quiera que se encuentren.