Opinión

Quinta Sinfonía de Shostakovich

Se produjo, por fin, el estreno en Honduras de una de las más emblemáticas obras musicales del siglo XX: la Quinta Sinfonía en Re menor del compositor ruso Dmitri Shostakovich (1906-1975).

Lo más sorprendente es que su interpretación no estuvo a cargo de ninguna agrupación orquestal nacional o extranjera ya establecida, sino por un conjunto de jóvenes músicos hondureños --escogidos entre los mejores alumnos de las escuelas de música del país-- que durante una semana se concentraron en la comunidad de Zambrano, a unos treinta kilómetros de Tegucigalpa, para recibir clases magistrales y talleres bajo la conducción de varios artistas norteamericanos que participan en la Orquesta de las Américas (YOA, por sus siglas en inglés), que ya han venido anteriormente a realizar dicha labor didáctica con los auspicios de la Embajada de Estados Unidos en nuestro país.

Ya nos habíamos ocupado en artículos anteriores del indiscutible talento artístico de nuestros jóvenes, que surge esplendoroso ante los estímulos adecuados, pues como muy bien lo expresa el himno del glorioso Instituto Central, en el cual me gradué: “...ancho y fértil el surco te espera... riega el grano de luz sembrador...”.

Aunque el programa interpretado por nuestra Orquesta Sinfónica Juvenil incluyó obras de varios compositores, entre ellos Beethoven y los norteamericanos Aaron Copland y John Phillips Sousa, las de mayor peso fueron, sin duda alguna, “La danza del hombre nuevo” de nuestro talentoso compositor y director de orquesta Jorge Gustavo Mejía, que ratifica con esta composición su capacidad creativa, en la cual evoca las raigambres telúricas de nuestra identidad cultural, con una orquestación de amplio aliento, agregando a los instrumentos que usualmente integran una orquesta sinfónica las vibrantes percusiones de la etnia garífuna.

La Quinta Sinfonía fue estrenada por la Orquesta Filarmónica de Leningrado en 1937 bajo la conducción del director Eugene Mravinsky y, aunque precedida de fuertes criticas del estamento oficial soviético a obras musicales anteriores del autor, que fueron consideradas contrarias al espíritu del “realismo socialista” como guía fundamental del quehacer artístico, adquirió rápidamente gran popularidad, tanto dentro como fuera de la Unión Soviética. Un año después, el gran maestro Arturo Toscanini la estrenó en Estados Unidos, provocando gran conmoción en el público, especialmente, entre la izquierda política de ese país, que se dividió en sus opiniones: el ala estalinista la tomó como una apología musical del sistema socialista imperante en la URSS y el ala trotskista como una crítica, más o menos velada, al gobernante Joseph Stalin y una exaltación del socialismo genuino.

En efecto, el segundo movimiento de esta sinfonía tiene un carácter alegre y jocoso que bien puede interpretarse como un “divertimento popular” o como un mensaje irónico, muy propio de algunos compositores rusos de la década de los años treinta del siglo pasado, que expresaban así su inconformidad con las rígidas pautas estéticas oficiales. El último movimiento tiene un carácter triunfal, como lógico corolario a la naturaleza programática de la obra, que su autor compuso bajo el lema “La evolución de la humanidad”.

La Quinta Sinfonía de Shostakovich constituye un reto aun para las orquestas profesionales, con el requisito de ser conducidas por directores de renombre y experiencia comprobada. Recuerdo haberla escuchado en Estados Unidos con la Orquesta Filarmónica de Nueva York, conducida por Zubin Mehta; en México por la Orquesta Sinfónica de dicho país dirigida por el maestro Luis Herrera de la Fuente y, recientemente, en Costa Rica por la Orquesta Sinfónica tica, hoy por hoy la de mejor nivel profesional en Centro América. Al salir de los conciertos siempre me invadía el anhelo de poder escucharla en Honduras y que mis coterráneos pudieran disfrutar de esta obra excepcional. Felizmente, la oportunidad se dio y, aunque únicamente se interpretaron los movimientos II y IV, bastó, por ahora, para tomarle el pulso al portentoso torrente creativo del compositor ruso.

Verdaderamente, nuestros jóvenes músicos hicieron gala de una ejecución técnicamente ajustada y, asimismo, de una encomiable identificación con los sentimientos e ideales expresados por el autor de esa colosal composición, cuya interpretación fue acogida en forma entusiasta por el público asistente al Manuel Bonilla, marcando así un hito importante en el avance de nuestro acontecer musical.

¡Felicidades muchachos! Rendidas gracias a los maestros de la YOA, demás cooperantes, asesores artísticos y patrocinadores que lo hicieron posible.