Opinión

Es de esperar que durante la época navideña afloren los mejores sentimientos en los seres humanos. La solidaridad con los menos afortunados, el perdón a los ofensores, la paz interior y la exterior, la voluntad de contribuir a la alegría y a la concordia que deben prevalecer en un mundo ideal, el que soñamos.

El país ideal, el que soñamos. El hacer el bien a los demás, solo porque sí. Sin esperar más recompensa que la de saberse instrumento de Dios para dar tranquilidad a otros. Cómo no desear que el espíritu navideño perdurara todo el año… que no fuera en la ocasión, sino en la actitud permanente en la que se originara y se arraigara el compromiso fraterno implícito en la celebración de la llegada del Hijo de Dios.


Que fuera el amor manifiesto en el acto de dar lo cotidiano y no lo efímero, para transformar los corazones. Sin el condicionamiento mediático como distorsionador de la generosidad, por las razones que sean, y que la apariencia insulsa fuera solo eso y no la constante de un consumismo desgastante, de una frustración generada en el vacío. Que no fuera el tiempo sino la actitud la que concitara la paz implícita en la celebración de la llegada del Hijo de Dios.

Que fuera está en verdad una Nochebuena. Una noche de paz, una noche de amor. Pero está fuera de nuestro alcance y de las autoridades que nos hemos dado. Y de su interés también. Dios puede darnos una Nochebuena. La confianza en Él, el reconocer el poder de la oración.

El vivir agradecido por lo que se tiene y, especialmente, por lo que se carece. Solo Dios y nosotros mismos podemos darnos una Nochebuena. El soñar con un mundo justo es parte de la realidad.

Rebelarse y rechazar la injusticia que es tan cierta. Rebatir la ficción de que todo está bien, porque se tiene lo que se quiere y lo que la publicidad sugiere. ¿Por qué en esta Navidad no comprometerse a que en verdad la próxima sea una Nochebuena? Para los demás y para nosotros. ¡Bendita sea Honduras!

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