Ares, como le llamaron a un bello ejemplar pastor alemán que le compré a mi hijo William como regalo de cumpleaños en este diciembre, es el can más dotado de hermosura que he encontrado.
Tenía apenas 7 meses, sus ojos almendrados de color café y con un círculo negro que le bordeaba al interior, destellaba una mirada tierna, alegre y agradecida, su cuerpo bien formado, con las orejas perfectamente desarrolladas, su hermoso pecho de gladiador y su dorso negro terminaba en una esbelta cola que casi besaba el piso; era el clásico pastor alemán, con sus colores bien demarcados en negro, un café suave y un amarillo dorado que le engalanaban, con una altivez al andar, que su sola presencia, impactaba.
Eran las doce del mediodía del 24 de diciembre de 2011, escuchamos un estruendo (maseteros cayendo) y de repente Ares entró a la casa (algo que nunca hacía), gemía y corría con sus ojos desorbitados, llegó hasta el baño, escondiéndose de algo.
Lo miré y le dije: Ares, ¿qué pasa? Me quedó viendo con desesperación, creí que le había mordido una serpiente o le había picado alguna abeja, temblaba, su corazón palpitaba a mil por mil, no hallábamos qué hacer; mi hijo Wally llamó a un amigo quien le dijo que el veterinario nos estaba esperando; tomamos a Ares en vilo y lo subimos al baúl de mi auto. Salimos a toda velocidad, mientras mi hijo acompañaba a Ares en el baúl y le decía: ¡No te rindas, Ares! Yo, le decía: ¡masajéale el corazón!
Llegamos a la clínica veterinaria y el doctor había salido de emergencia, corrí a la pulpería y compré leche, se la di en el hocico, Ares se la tomó de un solo y nos trasladamos a otra clínica veterinaria, pero Ares había perdido la batalla, murió en el camino en los brazos de mi hijo. Luchó, sí, luchó como gladiador, pero el veneno ingerido fue tan fuerte, que apenas duró 20 minutos.
Pretendía con este relato escribirles, animándoles a no rendirse, a luchar por nuestros sueños, por nuestra vida, por nuestra Patria, por nuestra niñez y por nuestros ancianos.
Por el derecho a tener una educación de calidad y sistemas de salud integral, por el derecho a que se nos rindan cuentas de los dineros del Estado, el derecho a que los corruptos ya no sean cubiertos por el manto de la impunidad… eso pretendía decirles, y es que Ares, ese bello perro, luchó en esos últimos minutos de su vida, con toda la fuerza del corazón, no se rindió y dejó todo su coraje en el camino.
Me emocioné tanto, que consideré dedicarle unas líneas más a ese leal can, sin embargo, les dejo con un pensamiento de reflexión: debemos retomar fuerzas para que la diosa razón vuelva a nosotros, para que el sentido común invada nuestro andar, con valores morales y espirituales claros, sin avergonzarnos de ellos.
Debemos seguir, no desistamos por favor, y que mejor verso que el de Rudyard Kipling: “Cuando vayan mal las cosas, como a veces suelen ir, cuando ofrezca tu camino solo cuestas que subir, cuando tengas poco haber pero mucho que pagar, y precises sonreír aún teniendo que llorar; cuando el dolor te agobie y no puedas ya sufrir, descansar acaso debas, pero nunca desistir.”