Opinión

No nos dejemos robar la esperanza

Como católico, como latinoamericano, como exalumno de un colegio de padres jesuitas y como un simple ciudadano preocupado por el progreso de nuestro país, he seguido con interés el nombramiento del papa Francisco y en especial sus primeras actividades a la cabeza de la Iglesia, por ser estas el fiel reflejo del norte que a futuro se enrumbará la Iglesia Católica, y también el reflejo de las principales características humanas del cardenal Jorge Mario Bergoglio.

Antes de su nombramiento, el papa Francisco gobernaba la arquidiócesis de Buenos Aires; su estilo de vida ha estado marcado por la austeridad y la sobriedad, viajaba en el metro y en autobús, se cocinaba sus propios alimentos, rechazó la residencia oficial del arzobispado para alojarse en un modesto apartamento, criticó con palabras duras a los políticos por no combatir la pobreza y querer enquistarse en el poder y en sus homilías hacía referencia entre otros asuntos, a la sociedad contemporánea, violenta, destructora de familias, conflictiva; al imperio del dinero con sus demoniacos efectos; la droga, la corrupción, la trata de personas, sin omitir referirse a los errores y pecados como Iglesia. Contra los acumuladores de grandes fortunas, de corazón chiquito y egoístas, dijo ocurrentemente: “Nunca vi un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre”.

Seguramente, las críticas del entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio no fueron del agrado de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, y así se pone de manifiesto por haberle denegado diez solicitudes de audiencia, contrastando que el papa Francisco la recibió en el Vaticano con un beso respetuoso en la mejilla y le regaló un libro que contiene las conclusiones de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam), donde se hace referencia, entre otros males modernos, a la corrupción y al uso clientelar de los pobres.

Consecuentes con su estilo humilde y austero de vida, las primeras palabras del papa Francisco al aceptar la conducción de la Iglesia Católica fueron: “Soy un gran pecador, confiando en la misericordia y en la paciencia de Dios, en el sufrimiento, acepto”. Además, no se ha querido trasladar al lujoso apartamento pontificio y continúa viviendo en una habitación de la residencia Santa Marta, no se traslada en el lujoso automóvil oficial, ha sustituido el Papa móvil blindado por un Jeep descubierto para recorrer la plaza de San Pedro y todos los días a las siete de la mañana, invita a los empleados del Vaticano a la celebración de su misa.

Al iniciar los ritos de semana Santa el papa Francisco ha predicado con palabras iluminadas, ciertas y esperanzadoras que los cristianos no podemos ser personas tristes, que nadie “les robe la esperanza”, “miremos a nuestro alrededor, cuántas heridas inflige el mal a la humanidad: guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero y del poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación”. Pidió a los fieles no creer al demonio cuando dice que no se puede hacer nada contra la violencia, la corrupción, la injusticia. “Jamás hemos de acostumbrarnos al mal, con Cristo podemos transformarnos nosotros y al mundo”.

Aunque la prédica del papa Francisco es de carácter universal, pareciera que la gran mayoría de sus pensamientos, sentimientos y exhortaciones fueran dirigidos especialmente, a los cristianos, a los políticos, a los gobernantes, a los empresarios, en fin, a la generalidad de la población de nuestra patria, Honduras…

En estos días de semana Santa, meditemos profundamente sobre el llamado que nos hace el papa Francisco a ser felices, a no permitir que nos roben la esperanza y que con Cristo podemos transformarnos nosotros mismos y al mundo. Arranquemos pues, transformándonos nosotros mismos para transformar Honduras, liberándola de los males de la violencia, la corrupción, la impunidad, la sed de dinero y de poder.

28 de marzo 2013.

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