Opinión

Lo infinito de los humanos

“Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y sobre el universo no estoy seguro”, decía Albert Einstein. Ni genio se requiere ser para aceptar la veracidad de tal afirmación, ya que en las más diversas épocas históricas, en esta aldea global, en los distintos campos, más allá de las ideologías, las costumbres, las religiones, los ejemplos abundan por doquier.

Uno de los ejemplos más emblemáticos de la estulticia generalizada es el uso irracional de los recursos de la tierra y la contaminación del ambiente; pero también esa capacidad autodestructora que se ve en las guerras y la fabricación de armas cada vez más mortíferas.

Pero quizá la forma más perceptible para todos es la facilidad con que el ser humano se deja manipular hasta extremos inimaginables, principalmente en lo relacionado con creencias religiosas, y llega a hacer cosas como despojarse de sus bienes para entregárselos a su guía espiritual, por lo general un aprovechado, atacar a otros seres humanos y hasta suicidarse para cumplir la voluntad de alguien que se arroga el derecho de ser representante de dios en la tierra o la misma divinidad.

Un ejemplo dantesco, perturbador, de cuán manipulable puede ser un ser humano se conoció el jueves pasado en Chile, al ser enfrentados a la justicia cuatro miembros de una secta apocalíptica que esperaba el fin del mundo para el 21 de diciembre pasado y que un mes antes, en un rito para deshacerse del “‘Anticristo’, arrojaron vivo en una hoguera a un bebé de tres días de nacido.

Y los miembros de esta secta no eran analfabetos u otro tipo de marginados: eran profesionales universitarios la mayoría de ellos. Más desconcertante aún: la propia madre del recién nacido, una licenciada en artes de 25 años, participó en el crimen y lo justificó diciendo que “toda la comunidad sabía que mi hijo tenía que ser asesinado después de nacer, que había que obedecer a Antares de la luz, porque él era dios”.

“Antares de la luz” es Ramón Gustavo Castillo Gaete, hoy prófugo, que era el guía de esta gente y también padre de la criatura asesinada porque mantenía relaciones sexuales con las cinco mujeres de su secta. O sea que en este caso ni siquiera se apareció el instinto materno, que en cualquier otra especie animal hubiera salido en airada defensa de su hijo.

Este y muchos casos más, en todo el mundo, en estos mismos momentos, cuando un farsante con una biblia o cualquier otro “libro sagrado” bajo el brazo manipula a su antojo a otros seres humanos, prueba una y otra vez que la estupidez no tiene límites.