Opinión

La hora o el reloj

La formación y el trabajo son básicos en el desarrollo personal y social. El concepto abarca procesos interdependientes de larga gestión que se modelan en el hogar, alimentan en centros de educación y convergen en actividades impulsadas por el emprendimiento y la inversión, propias o de otros.

Mientras que Honduras desarrolla infraestructura, institucionalidad y emprendimientos con mayor consistencia en los últimos 50 años, el progreso logrado no satisface las necesidades y aspiraciones de una población en rápido crecimiento.

Esta realidad es más evidente en las poblaciones rurales sujetas a una inadecuada nutrición, educación limitada y la subsistencia, con las niñas y mujeres las más vulnerables en el contexto de una pobreza intergeneracional.

No extraña por tanto, la continua emigración rural a centros urbanos y a otros países, matizada por una escasa formación personal que lleva a una vida precaria, restringida en posibilidades de mejoramiento y hasta delictiva en casos extremos.

Muchos jóvenes tienen su futuro en los centros urbanos, no en el campo. Esto es una experiencia común a todas las naciones avanzadas del mundo, impulsada por las oportunidades y retribuciones del sector industrial y los servicios.

Honduras no logra hacerlo realidad todavía en la magnitud y el tiempo debido, con los fenómenos sociales negativos bien conocidos. En todo caso, las comunidades rurales requieren de estímulo tanto productivo como formativo para el desarrollo local y el mundo cambiante que enfrentan los jóvenes especialmente.

La historia demuestra que no se logra desarrollo simultáneo en todas partes de un país, pues las características particulares de los territorios imprimen diferencias en el ritmo y forma de progreso, como es también el caso en Honduras.

Tampoco se puede lograr avance significativo con mercados de escasa capacidad de compra, oferta de productos no diferenciados ante el consumidor y de volumen insuficiente para sostenerse en mercados competitivos más globales.

A falta de adecuada sustentación teórica y práctica, las intervenciones comunes en el agro son a menudo los proyectos efímeros y las actividades recurrentes que han demostrado no son suficientes.

El concepto de “volver al campo” requiere de una acción mucho más focalizada, integral y asociada al desarrollo industrial agroforestal en toda escala, como ha sido la experiencia exitosa en países más desarrollados.

No basta con impulsar, sin embargo, el empleo e ingreso rural para lograr una mejor nutrición, salud o bienestar social. Esto es bien conocido y ha sido demostrado por estudios realizados en Honduras también.

La educación maternal, familiar y comunitaria es un factor condicionante mayor, por lo que juega un papel central en una estrategia integral de desarrollo territorial.

Un notable investigador de los factores determinantes para la fortaleza y perdurabilidad de las organizaciones exitosas contaba acerca de “una pequeña comunidad tan aislada que perdió toda conexión con el resto del mundo.Tanto así que cuando necesitaban saber la hora, acudían a un anciano que tenía el don de decirla en cualquier momento del día y la noche con precisión. Cuando murió, la comunidad se quedó sin saberla y quejándose del problema, pues nadie se preocupó de hacer el reloj”.

Los problemas y causas del subdesarrollo han sido expuestos, palabras más palabras menos, por muchos actores en diversos tiempos y medios. Igualmente, los ideales y promesas hacia un desarrollo rural enmarcado en una realidad muy compleja que demanda más que buenas intenciones.

Decir qué hacer siempre será el camino más cómodo, seguro y hasta mediático, pero consume demasiados recursos valiosos y distrae de la acción constructiva. Más vale dedicarnos a construir un buen reloj.