Para los habitantes de las regiones tropicales y subtropicales del hemisferio norte de nuestro planeta azul, nos resulta muy natural el brote de flores de todos colores en nuestros valles y montañas, ya en el mes de febrero; es decir, con prácticamente un mes y medio de anticipación a la llegada oficial de la primavera.
Se produce entonces ese fenómeno inspirador que nuestro pintor Dante Lazzaroni llamaba “Una sinfonía de colores”. Pero, para los habitantes de las regiones más septentrionales del hemisferio, el llegar de la primavera constituye un hecho largamente esperado, después de cuatro, cinco y hasta seis meses de crudo invierno. Durante ese período, las tierras permanecen congeladas, los árboles sin hojas, la grama desaparece y los frutos también.
Por eso, desde tiempos ancestrales, las primeras comunidades organizaban ritos con danzas y cantos que culminaban en sacrificios de vidas humanas. Y todo, ¿Para qué? Era su forma de clamar a los dioses para que devolvieran la vida a la tierra y así poder disfrutar nuevamente de los frutos de la naturaleza, asegurando la sobrevivencia de la especie humana.
El compositor ruso Igor Stravinsky (1882-1971), compuso la música de su famoso ballet intitulado “La consagración de la primavera” en 1913. Su primera ejecución pública en París produjo gran revuelo entre sus adversarios y seguidores, pues mientras los primeros la consideraban un escándalo, los segundos la vieron como un momento estelar en la historia de la música.
Sus osadas armonías, sus ritmos sincopados e irregulares, y, en general, su discurso musical tan novedoso, inauguró una nueva etapa en la composición sinfónica. Aparejado a ello, los coreógrafos tuvieron que ensayar nuevas e inéditas formas para estructurar los pasos y los desplazamientos de los balletistas.
A nadie se le habría ocurrido, en ese entonces, que semejante reto artístico pudiera ser asumido por un grupo de jóvenes sin experiencia previa y se subieran a un escenario acompañado de una de las agrupaciones orquestales de mayor prestigio mundial. Pero lo que lograron el director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Sir Simon Rattle (el segundo director no alemán que ha asumido la conducción de este excelente conjunto musical a lo largo de sus 150 años de historia), y el coreógrafo británico Royston Maldoom es una realización que va mucho más allá del hecho artístico en sí mismo.
Ellos se propusieron conjuntar a 250 niños y jóvenes de diversas razas y condiciones sociales (con un rango de edad de ocho a veinte años) para que en el curso de varias semanas de intenso trabajo pudieran realizar un verdadero milagro de arte escénico que, a la vez, constituyó un notable despliegue de voluntades individuales y colectivas que les vino a cambiar, de manera radical, su actitud ante la vida en todos sus órdenes.
En un documental de la TV alemana que fue realizado para dejar constancia audiovisual de este interesante experimento artístico–social, uno puede ver y escuchar los testimonios de estos niños y jóvenes que pudieron, con esta experiencia, dejar atrás complejos, dudas e inseguridades, y ver el futuro con esperanza, imbuidos de un espíritu emprendedor y solidario.
Quedó demostrada, una vez más, la poderosa influencia del arte musical y la danza como un medio eficaz de transformación de vidas, que permite al ser humano y en particular al joven asumir una actitud decidida y creativa para orientar el accionar en su existencia. Superar el invierno físico y mental es posible entonces logrando que la primavera surja también en nuestras vidas.
Ante un hecho tan relevante y aleccionador como el que ahora comento, me siento más confirmado en mi convicción de que vale la pena hacer una consagración a la primavera, es decir, exaltar e impulsar la capacidad creativa de nuestros niños y jóvenes por medio del cultivo del arte a través de proyectos culturales interdisciplinarios que incorporen esfuerzos y recursos con un enfoque innovador, asumiendo el peso decisivo que el arte y la cultura tienen en la vida de las naciones.