A principios del presente año comentaba con mis amigos melómanos que Honduras no podía quedarse al margen de la celebración del bicentenario del nacimiento de dos de los más grandes músicos que ha producido Europa: Richard Wagner y Giusseppe Verdi, ambos nacidos en 1813.
Y es que no se trata solamente del bicentenario del nacimiento de dos insignes compositores. Es que la humanidad le debe mucho a Wagner y Verdi.
Su legado artístico está constituido por un cúmulo de obras que se han ganado un merecido y privilegiado lugar en el repertorio musical de las mejores orquestas y teatros de óperas del mundo, por su alta calidad formal y estética. Constituyen también, una fuente inagotable de satisfacción y deleite para quienes las escuchan.
Surgieron en diferentes entornos geográficos y culturales. Richard Wagner representa al músico teutón nacido en Leipzig, una ciudad que ya contaba con un considerable desarrollo industrial a inicios del siglo XIX, lo que le permitió tener acceso a oportunidades educativos con las que no contó Giusseppe Verdi, nacido en la aldea de Le Roncole, un villorrio de unos 100 habitantes, perteneciente al Ducado de Parma para entonces bajo la égida del Imperio Napoleónico.
Wagner, expuesto a múltiples influencias de tipo social y cultural, dudaba a sus 15 años a qué dedicar su vida: a la literatura, a la pintura o a la música. Verdi, en cambio, se sintió y fue impulsado al aprendizaje y la práctica musical desde muy niño.
Su padre, Carlo Verdi, le obsequió una spineta (antecesor rudimentario del piano) en el cual su precoz vástago avanzaba en la práctica instrumental del teclado, que alternaba con el órgano de la iglesia local, de la que pronto se volvió su organista titular.
Las oportunidades de educación para estos dos superdotados de la música fueron dispares: mientras Wagner pronto tuvo la ocasión de aprovechar la oferta formativa en Desdren y en su propia ciudad natal donde pudo acceder, incluso, a la universidad, en la rama de estudios musicales superiores, Verdi debió esperar a poder gozar primero de una modesta beca de estudios en la Escuela de Música de Bussetto y ya un poco entrado en años, pudo finalmente llegar al Conservatorio de Milán, cuyo famoso teatro comenzaba a perfilarse como la Meca de la ópera italiana.
Wagner, aprovechando sus precoces y sólidos conocimientos de literatura, combinados con una eficiente formación en la pintura, pero también su temprana conexión con los acontecimientos políticos de su patria natal, se volvió el campeón del drama operístico, en el que sus personajes principales eran las figuras veneradas de la mitología alemana. Verdi se convirtió en el cantor de los dramas populares de su tierra italiana, que luchaba por su unificación y liberación del yugo del imperio austrohúngaro.
Los dos colosos no llegaron a tratarse personalmente, pero cada uno conocía las obras del otro, sin entrar en confrontaciones o rivalidades acérrimas. Viviendo ambos en contextos, geográficos, culturales y políticos diferentes, nos legaron las operas más grandiosas.
El maestro Jorge Mejía dispuso ofrecer al público de Tegucigalpa, para conmemorar tan magno acontecimiento, un programa integrado , en la primera parte, con las siguientes obras: de Wagner: obertura de la ópera “Tristán e Isolta”, “Marcha nupcial” de la ópera Lohengrin, “El idilio de Sigfrido” y el preludio de primer acto de la ópera “Los maestros cantores de Nuremberg”.
En la segunda parte fueron interpretadas obras de Verdi: obertura de la ópera “La traviata”, el coro de “Los esclavos hebreos”, de la ópera “Nabucodonosor”, el coro de “Los gitanos”, de la opera
“El trovador” y la obertura de la ópera “La fuerza del destino”. La participación del Coro Filarmónico de la Asociación Filarmónica de Honduras fue determinante para disfrutar la versión original de algunas obras que generalmente escuchábamos únicamente en versión instrumental.
Por razones de espacio, enfocaremos este comentario en dos de las obras interpretadas, por ser representativas del sumun creativo de ambos compositores: las oberturas de “Tristán e Isolda” de Wagner y de “La fuerza del destino” de Verdi.
En “Tristán e Isolda”, Wagner aborda el tema del amor imposible que se gesta entre ambos personajes y que, de alguna manera, está inspirada en una propia vivencia sentimental entre él (Wagner) y la poetisa Matilde Wenssendok, que fracasó por ir contra la corriente, en todo sentido.
La importancia de “Tristán e Isolda” para el desarrollo de la música es tal que se habla de dos épocas: la anterior y la posterior a su composición. Wagner introduce en ella nuevos conceptos armónicos y profundiza la utilización del cromatismo en su discurso musical.
El llamado “Acorde de Tristán” es todavía objeto de debate y polémica entre los compositores y críticos musicales.
El maestro Mejía lo explicó al público en forma muy didáctica, descomponiendo el acorde en cada uno de sus elementos, con los instrumentos musicales de viento de madera que lo conforman.
El público quedó maravillado de cómo de una sencilla combinación de notas puede desarrollarse todo un vasto tejido musical, que conduce a la orquesta y al público que la escucha, a un verdadero e inolvidable paroxismo estético.
La Orquesta Filarmónica de Honduras estuvo aquí a la altura de sus facultades expresivas.
De la ópera “La fuerza del destino” que Verdi compuso basado en el sanguinario drama del mismo nombre del poeta español Ángel Pérez de Saavedra, Duque de Rivas, la OFH interpretó la obertura que constituye una fantasía de las principales melodías de la obra.
Nuestra joven agrupación musical ofreció una recia e intensa interpretación de está obra, que dejó resonando en nuestros oídos y en nuestras mentes las notas que evocan la inevitabilidad del destino. Imposible dejar de pensar y meditar en el destino de nuestra patria, hoy envuelto en su mayor crisis existencial.
¿Seremos los hondureños capaces de buscar, hoy, a la persona con capacidad e imbuida de altos valores cívicos y morales para que pueda conducir los destinos de nuestra nación?