Opinión

Grandezas y pequeñeces

Es cierto que, aun en los tiempos tan difíciles en que vivimos, la grandeza humana tiene una presencia constante tanto en los acontecimientos trascendentales que moldean a la sociedad como en la vida diaria de pequeños grupos sociales. Pero también las pequeñeces abundan.

A la par de la bondad, de la honestidad, de la sinceridad, de la solidaridad, del desprendimiento, del amor, que exhiben los gigantes de espíritu, también existe mucha maldad, falsedad, hipocresía, egoísmo, envidia, celos, muy propios del enanismo espiritual, intelectual, psíquico o moral.

En la vida diaria, por ejemplo, tanto individual como colectivamente hay actitudes –egoístas o insensatas-- a las que se les atribuye incluso un alto grado de culpa por la falta de progreso de algunas sociedades y para ilustrar esto se usa mucho la parábola de los congrejos en la olla que empieza a calentarse: ninguno puede salir porque cuando uno de ellos, después de extraordinario esfuerzo, logra escalar una posición cercana a la salvación los otros se encargan de regresarlo al fondo.

Los seres humanos también deberíamos entender, según la parábola anterior, que en algunas circunstancias hay metas que solo pueden lograrse con trabajo en equipo, en el que la competitividad individual más bien resulta perjudicial.

Es normal de alguna manera que la disputa se torne enconada en la sana y honesta competitividad –un gran aliciente del progreso humano— porque irremediablemente uno de los dos grupos, comunidades, sectores, rubros, naciones o regiones resultará perdedora.

Pero también se dan muestras de egoísmo, de envidia, de pequeñez humana, en asuntos sin trascendencia alguna para los demás, como cuando alguien se incomoda hasta la ira por el éxito personal de un miembro de su propio grupo. Esa actitud quizás ni perjudique al triunfador, pero sí exhibe a un espíritu atormentado con el poder de crear toda clase de disfunciones que pueden llegar hasta una patología.

Como seres duales, en nuestro interior subyacen, luchan, conviven o se imponen, lo bueno y lo malo, la pureza y la corrupción, el amor y el odio, el altruismo y el egoísmo, la sinceridad y la hipocresía…

El gran esfuerzo diario debe ser para sean las grandezas y no nuestras pequeñeces humanas las que guíen nuestros pasos en la vida. Así seremos mejores personas para bien propio y de la sociedad en que vivimos.