Me gradué de bachiller en el Instituto Salesiano San Miguel, a mediados de la década de los ochentas, junto a un centenar de adolescentes bulliciosos que poco sabían del mundo, pero que estaban llenos de ideas y sueños para sus vidas.
Eran tiempos de transición en el viejo colegio. Luis Santos había sido nombrado obispo en el Occidente un par de años antes y el eterno Karl Nielsen había partido hacia las estrellas. Dos jóvenes sacerdotes salesianos habían asumido las riendas de la institución: uno guatemalteco en la Dirección (Vián) otro hondureño (Paiz) en la Consejería. La administración estaba en manos de un experimentado religioso italiano (Giacomel), quien se había propuesto la formación de obreros en talleres de enseñanza, uno de los sueños de Juan Bosco pendiente de realización en el país.
Algunas cosas eran como siempre. El San Miguel disputando a muerte las competencias de futbol, básquetbol y de bandas el 15 de septiembre, contra sus rivales tradicionales: el Central y el San Francisco. No había todavía Templo nuevo -el proyecto ya estaba en planos- y se llevaba a cabo la primera semana dedicada a la juventud.
José Benigno Quiroz ya era parte del San Miguel en esa época. Pocos lo conocíamos por su nombre de pila, pues la gran mayoría estaba más familiarizada con su sobrenombre. De baja estatura, su figura era omnipresente en los pasillos y patios de la instalación educativa, donde “El
Pelón” (Quiroz, cuando había que parecer formal en el trato) siempre hacía gala de su don de gentes que le permitía congeniar con los alumnos, entre chistes y bromas que apenas se pasaban de tono cuando a alguien se le ocurría despojarlo de la gorra que siempre le cubría la cabeza.
El San Miguel cumplió ya su primer centenario en 2011, el Movimiento Juventud tiene 26 ediciones, mientras un imponente Templo de la Juventud
franquea la entrada que lleva al soñado Centro de Capacitación San Juan Bosco.
Cada vez que hemos regresado a visitar el colegio o a participar en sus actividades de exalumnos, ahí está Quiroz. Sonriente, con alegría sincera de reencontrarse años después con aquellos a quienes conoció imberbes e inexpertos. Hace unas semanas, que vimos un “tráiler” de la producción de una pieza en video inspirada en su vida entre las paredes del colegio, nos emocionamos hasta humedecer nuestros ojos.
Elaborado en el Curso de Cinematografía Documental de Unitec, que coordina Servio Tulio Mateo, la obra de 12 minutos y 35 segundos producida por Josela López, dirigida y editada con gran calidad por Daniel Núñez y Lucía Castro, es una significativa demostración de cariño y admiración a alguien que se ha ganado nuestro afecto, con mucho merecimiento y haciendo poco esfuerzo.
Cuando nos graduamos, propusimos que se concediera a José Benigno Quiroz el honor de ser nuestro Padrino de Graduación. La iniciativa perdió por dos votos. Con el paso de los años, no me queda duda de que supimos ver sus méritos con el corazón.
Ese mismo corazón que también late en su pecho y que sigue dando vida, entre sonrisas, al San Miguel de nuestros recuerdos. ¡Gracias, Quiroz! ¡Gracias Pelón!