Opinión

Gobierno y religión

“La separación entre Iglesia y Estado es un fenómeno que surge a partir del humanismo, durante el Renacimiento. Se consolida con la Ilustración, por medio de la corriente filosófica racionalista, llegando a ser una política oficial durante la Revolución francesa, la Independencia estadounidense y las revoluciones burguesas que deshacen la “alianza entre el trono y el altar”, se señala en Wikipedia.

Esto significa que desde hace mucho tiempo se descubrió la necesidad de desvincular la cuestión religiosa de la administración de los estados, simple y sencillamente porque se encontró que mantenerlos unidos representaba una inagotable fuente de conflictos. Eso fue en el pasado, pero todavía lo sigue siendo cuando quienes controlan el poder eclesial y el poder político tratan de fusionarlo en uno solo.

Y es que en diferentes tiempos de la historia, en diversos lugares, se ha demostrado que el Estado y las religiones tienen puntos contrapuestos con respecto a cuestiones actuales como la democracia, los derechos humanos y las libertades individuales. Las religiones no consultan con sus feligreses si están de acuerdo o no con este u otro asunto: simplemente imponen sus dogmas. El Estado moderno depende, en gran medida, del deseo, de las aspiraciones, de las expectativas de las personas que lo integran.

Mucho tiempo ha pasado, muchas cosas han cambiado, desde las crisis aquellas que llevaron a los pensadores y después a los políticos a separar religión y Estado hasta los tiempos actuales, cuando la investigación científica ha derrumbado viejos mitos sobre los que se sustentaban muchas creencias; pero el poder de las religiones sigue siendo fuerte.

No solo eso. Muchos de los grandes conflictos que se viven en la humanidad actual son producto del indeseado maridaje entre la política y la religión. El guerrerismo y el expansionismo estadounidense e israelí y el terrorismo musulmán son algunos de esos frutos, pues –subrepticia o abiertamente-- todavía hay fundamentalistas religiosos que ven a Estados Unidos y a Israel como depositarios de un mandato divino o a los islamistas como huestes obligadas a librar la “jihad” contra “el gran satán”.

La sangrienta guerra que libran los cristianos y los musulmanes en la República Centroafricana, con centenares de muertos y continuos bombazos en iglesias y mezquitas, son solo una muestra actual del riesgo que existe cuando se mezclan la política, las decisiones del Estado, con asuntos religiosos que debieran quedarse siempre en las iglesias, en las capillas, en las mezquitas, en las sinagogas, en las pagodas.

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