Sostenía San Agustín que el tiempo presente tiene tres dimensiones existentes en el alma humana: “El presente mirando el pasado como memoria, el presente mirando el presente, y el presente mirando el futuro como expectativa”.
Para el presidente Lobo su tiempo presente es cada vez más corto y lo que no construya hoy ya no lo podrá cosechar durante estos dos años que le faltan.
Tiene que definirse con toda claridad: utilizará el tiempo que le queda para intentar que su delfín gane la próxima elección o para enfrentar los problemas que aquejan al país. A estas alturas ya no puede seguir haciendo las dos cosas.
Al inicio, un gobierno tiene tiempo para plantear sus proyectos, encaminarlos y confiar poder cosechar antes del fin del cuatrienio.
Pasado el punto intermedio que, en términos políticos, lo marcan las elecciones internas, el país entra en una dinámica electorera en la que todo se define en términos de la siguiente justa presidencial. Todo se juzga a la luz de su potencial impacto sobre la siguiente contienda.
Sin duda que al presidente Lobo le ha tocado un periodo algo complejo, desde el atropellado inicio hasta la crisis internacional que tuvo que resolver.
Además, con la intención de conciliar diversos criterios ha delegado autoridad en gente competente pero no necesariamente alineada; o en gente alineada pero no necesariamente competente; ha hecho acuerdos, alianzas y compromisos, algunos no tan transparentes; ha hecho tanto como su margen de control le ha permitido.
Todo esto tiene un costo y le ha granjeado una popularidad relativamente baja, grandes animadversiones en sectores, grupos y personas clave y muy pocos logros en los cuales anclar su futuro personal y político. Ahora tiene los tiempos encima. Estamos a escasos meses de que se definan las candidaturas y a menos de dos años de la próxima elección.
El Presidente tiene que definir si continuará por el mismo camino o si redefinirá su proyecto. Si opta por seguir la lógica tradicional -dedicarse en cuerpo y alma a asegurar la elección de su delfín- abdicará a toda posibilidad de avanzar cualquier agenda de reforma y, sin logro alguno para el país, la derrota del Partido Nacional estaría casi asegurada.
Si, por otra parte, redefine su proyecto, tendría la oportunidad de hacer una diferencia que lo coloque en una nueva plataforma personal al final de su cuatrienio. No es una disyuntiva menor. El tema es político pero también es personal de cómo quiere mirarse en el espejo de la historia: como el Presidente que, gane quien gane, dejó un mejor país o como quien se empecinó en un proyecto fallido.
Aunque en política no hay nada definitivo -como dijo el famoso beisbolista Yogi Berra “esto no se acaba hasta que se acaba”- las tendencias actuales no favorecen al partido en el gobierno.
El desgaste es patente; la unidad de su partido es ilusoria, inexistente; la juventud le ha perdido la fe; y, más importante, no hay mucho que el actual gobierno tenga entre manos que le permita suponer que va a cosechar algo relevante en los próximos veinte meses.
Dedicarse a impulsar a un potencial sucesor constituiría una aventura por demás riesgosa y hasta sería posible argumentar que contribuiría a la derrota de su propio partido. Hay que dejar que el equilibrio natural ofrezca las mejores alternativas partidarias. El peor de los dos mundos para el presidente Lobo sería aquel en el que se empeñe en hacer ganar a su candidato, solo para acabar en la derrota y en el ostracismo permanente.
Sería mejor que empeñase su futuro en algo transformador que, irónicamente, podría ser benigno y hasta beneficioso para su partido.
La alternativa sería que en lugar de dedicarse a las luchas internas de su partido o a apasionarse por un determinado candidato, que optara por una gran reforma que permita el éxito de las transformaciones políticas que requiere el país. S
u alternativa está entre ser un nacionalista más que acabe en el olvido, o la de convertirse en un jefe de Estado que impulsa sendas reformas políticas y hacendarias que le permitan dejar un legado transformador, generacional, y que ancle el futuro del país en un nuevo estadio de oportunidad. Es tiempo de reconsiderar y decidir.