Las mujeres sabias no se quejan, transforman sus vidas, dice una escritora. ¡Y eso es cierto! Pero la queja bien manejada también es un instrumento de transformación. Hace poco un grupo de profesionales, con motivo de una reunión, nos alojamos en un hotel de una cadena importante, en algún lugar...
Al siguiente día, en el desayuno, unos amanecieron resfriados, otros habían sufrido calores por la imposibilidad de regular la temperatura en sus habitaciones; una amiga se quejaba que cuando quiso secarse el pelo, se quedó con la secadora desprendida en sus manos, a mí no me funcionó la plancha. Uno de los más jóvenes se había comunicado por Twitter con el gerente en la sede principal, otros más callados no dijeron nada. Pero al final, el desayuno se convirtió en una discusión sobre la importancia de la queja. El más “anciano” del grupo me dijo que los sistemas de calidad daban el salto con base en la queja.
En Honduras nos quejamos poco o nos quejamos mal. Tampoco se trata de pasar la vida quejándose y viendo solo lo malo; pero el aprender a quejarse sí que es importante, no solo como clientes, usuarios de servicios públicos, ciudadanos, sino en las relaciones personales y familiares.
Si no expresamos nuestro malestar, y peor aún, si no lo hacemos porque nuestros estándares de satisfacción son bajos, nunca las cosas estarán mejor, y podemos caer en un círculo del aguante en nombre de una falsa estabilidad y por rehuir el conflicto. El conflicto también debe ser una herramienta para vivir mejor: todo depende de si lo resolvemos conversando y hablando con paciencia y tolerancia, pero resolviendo.
El conformismo y bajos estándares de lo que recibimos, o servicios por los que pagamos, es la peor razón para no quejarse. Necesitamos aspirar a más, con racionalidad y sobre todo dignidad. Ese es el mejor punto de partida para aprender a quejarse. También no nos quejamos por miedo: al enojo desmedido de la persona ante quien nos quejamos, por la inseguridad y violencia imperante (si alguien nos choca el carro, muchos prefieren seguir y no hacer nada, no pocos han sido amenazados con armas en estas situaciones). Pero quizá la razón principal para no quejarse es que los estándares son bajos aún.
Necesitamos aspirar y creer que como personas y sociedad merecemos una vida con más calidad. Los nuevos ciudadanos brasileños, los expobres ahora con nuevos estándares, lo entendieron y casi hacen tambalear a la valiente presidenta Dilma Rousseff, salieron a exigir que los servicios públicos: salud y transporte público, entre otras cosas, fueran de mejor calidad.
Hasta el cuerpo se expresa (se queja) cuando algo más profundo nos afecta, de ahí la importancia de atendernos para sanar. De no hacerlo, el cuerpo termina colapsándose, enfermándose gravemente y, peor aun, muriendo si no es escuchado, cuidado y atendido. La mayoría queremos vivir sanos, con calidad y amor en nuestras vidas; si no nos comunicamos, nunca sabremos lo que nuestros seres amados, amigos y vecinos esperan de nosotros y viceversa. Definitivamente, la queja antecede y anticipa la necesidad de cambio.