Con la donación de importantes lotes de vacunas por parte de Estados Unidos, México y El Salvador, y la llegada al país de un lote de un poco más de medio millón comprada por el gobierno, parece tomar forma la lenta campaña de vacunación.
Las vacunas son un respiro en momentos en los que la población se enfrenta a uno de los brotes más fuertes del coronavirus, que mantiene colapsadas las salas de atención en los hospitales y los centros de triaje.
En medio de la desesperación por una vacuna, las autoridades sanitarias han decidido que, para evitar el desorden ocurrido en el inicio de la V Campaña en Tegucigalpa, las personas deberán reservar sus citas a través de una página web que han dispuesto para ello.
No es una mala decisión, pero no deberían cerrar la entrega de citas a este mecanismo.
No deben olvidar que Honduras es un país pobre, donde la mayoría de la gente apenas tiene ingresos para comprarse su comida.
No estaría, ni se vería mal, que la ministra de Salud y su equipo den opciones a estas personas, pues ellos, al igual de los que sí tienen acceso a esos aparatos y plataformas, tienen igual derecho a la vacuna.
La información debe estar disponible a tiempo y por todas las plataformas posibles, para evitar las aglomeraciones en los puntos de vacunación que han dispuesto en diversos puntos de la ciudad.
Esa información debe ir acompañada del mensaje de que mientras no se cierren los ciclos de vacunación (de dos dosis), e incluso después de ello, la población debe seguir observando las medidas de bioseguridad para evitar el contagio.
Decir que se han vacunado en el país casi un millón de hondureños y hondureñas, no debería ser el mensaje en estos momentos de angustia; el mensaje debería ser que esos procesos se cerrarán en los tiempos que aconsejan las casas farmacéuticas y que se garantizará la inmunización de la población elegible, en el menor tiempo posible.