En años previos hemos dedicado el editorial de esta fecha —Día del Idioma— a ensalzar las virtudes de la lengua castellana y a celebrar a sus príncipes y héroes literarios, quienes desde el anónimo del Poema de Mío Cid a narraciones modernas como las de Jorge Luis Borges, nos heredaron uno de los vehículos de comunicación más ágiles, elegantes y precisos de la humanidad.
Pero como nuestra época es además de espiritual también materialista, importa destacar que el idioma es no solamente un caudal del intelecto sino además de lo concreto. Pues, ¿qué sino forjador y acuñador de riqueza intelectual es quien administra y combina miles de palabras para dictar su pensamiento o su emoción? Oradores extraordinarios como José Martí, Emilio Castelar, Álvaro Contreras, Haya de la Torre o Ramón Villeda Morales escalaron las gradas del poder y del respeto social gracias a su extraordinario, y bello, manejo del lenguaje, y no es gratuita la metáfora de que alguien ducho en léxico —como Juan Ramón Molina, que leía el diccionario cada nuevo año— es propietario de un extenso y valioso universo semántico.
Tan reveladora de la personalidad humana es la lengua que permite identificar de inmediato a un alma culta, ya se porte en un cuerpo de campesino o de académico, pues la dulzura de la palabra, el equilibrio de la expresión y el concepto hondo, no importa si popular, como sucede en el refrán, revelan a espíritus que atesoran sabiduría y cultura. Invitados tres jóvenes a realizar una prueba de trabajo, al primero se le solicitó aproximarse a la ventana y describir lo que abajo había. “Zacate, un palo y un chucho”, respondió. El segundo se detuvo algo más a contemplar la escena. “Grama, un árbol y un perro”, contestó. El tercero apenas vaciló un instante: “Césped, una acacia y un can”. Obvio que triunfó en el concurso para el cargo aquel que no sólo contaba con abundante vocabulario para captar la realidad, sino además para expresarla y describirla. Por ello, “la lengua es oro”, sentenció el sabio Miguel de Cervantes.