Editorial

Los incendios forestales siguen causando estragos en nuestros bosques a nivel nacional. Miles de hectáreas han sido pasto de las llamas en varias regiones del país.

Con especial saña, siguen quemándose los pocos bosques que han quedado en pie en el sector de La Tigra y El Picacho, los principales pulmones de la capital hondureña.

Esta semana, los capitalinos, desde sus hogares en los que cumplen la cuarentena obligatoria por el Covid-19, observaron impávidos cómo las llamas destruían todo lo que encontraban a su paso en el sector de la aldea El Chimbo. Horas antes, los Bomberos enfrentaron otros dos siniestros, uno en el sector de La Montañita y otro más en la aldea de Santa Lucía, donde lograron evitar que las llamas arrasaran con unas 16 casas. Otros incendios se registraron en la sierra de Agalta en Olancho, en la reserva forestal de La Laborcita en Sinuapa, Ocotepeque; en Comayagua, La Paz y El Paraíso. Son más de 353 incendios entre enero y abril en el territorio nacional. ¡Honduras arde!

Se ha hecho costumbre que todos los veranos los ciudadanos asistamos al grotesco espectáculo de la destrucción de los pocos bosques que todavía quedan en el país, y lo peor, que nos estemos acostumbrando a escuchar que estos eventos son provocados por la mano del hombre y que esos hombres actúan impunemente, sin que nadie los pueda detectar y mucho menos capturar para presentarlos a los tribunales competentes a que respondan por su delito.

Se tiene que hacer algo. No podemos seguir viendo pasivamente como se destruyen las principales fuentes de vida con que todavía contamos los hondureños; hay que castigar a los culpables, pero también retomar las campañas de educación ambiental y concientización a la ciudadanía para que proteja los bosques y denuncie a quienes se dedican a destruirlos impunemente, y más tarde, implementar los programas de restauración del bosque dañado. Una titánica tarea que se debe emprender de inmediato, porque para mañana es demasiado tarde.