Editorial

Evaluación y calidad educativa

El anuncio de la Secretaría de Educación de revisar el sistema de evaluación en escuelas y colegios es oportuno y también necesario, ante las señales de que el actual no estaría contribuyendo con la calidad educativa.

Una de las voces de alerta la ha dado la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán (UPNFM), que hizo una investigación sobre el plan de evaluación que se ha venido aplicando en los últimos cinco años en el sistema público y privado, que permite a los estudiantes aprobar sus asignaturas con 70 puntos de acumulativo y 30 de exámenes.

Los resultados del estudio serán presentados a la ministra de Educación, Rutilia Calderón, después de Semana Santa y servirán para tomar decisiones. Sin embargo, aún sin conocer las conclusiones de la investigación, hay indicios de que algo está fallando en el proceso de enseñanza-aprendizaje de nuestros niños y jóvenes. Uno de los más evidentes es el puntaje promedio, de 800 puntos, que obtienen, sobre todo, los estudiantes del sector público que realizan la Prueba de Aptitud Académica (PAA) de la UNAH, cuya calificación más alta es de 1,500 puntos. Es un resultado mediocre que muestra la fractura que hay entre los estándares del nivel secundario y el superior.

El método de evaluación mide el grado de conocimiento adquirido por el estudiante y también la eficacia del proceso de enseñanza, pero para valorar objetivamente su efectividad debe aplicarse correctamente.

Que el nivel educativo de los centros privados sea superior al de los públicos, con excepciones en ambos casos, aun cuando aplican el mismo sistema de evaluación, es muestra de que hay condiciones y circunstancias propias del estudiante, como su entorno o los recursos didácticos de los que carece, y del maestro, como el exceso de alumnos en el aula o la implementación de un método de enseñanza inadecuado, que deben ser considerados a la hora de tomar decisiones, de modo que se aborden las verdaderas raíces de la baja calidad educativa. La evaluación podría ser síntoma de un problema y no el problema en sí.