Estudios modernos de psicología social insisten en que la sociedad contemporánea sufre una terrible pérdida de su identidad colectiva, para sanar lo cual recurre cada vez más al pensamiento mágico, a la respuesta teológica, la maravilla capciosa de la superstición y las esperanzas en el más allá. Millones de individuos buscan alivio a su ansiedad –que es la angustia existencial descrita por Sartre en “L’etre et le neant” (El ser y la nada)– y que consiste, en esencia, en el pavor a la extinción, para el cual el menú de las iglesias ofrece recetas oportunas: desde la profunda y sincera meditación en torno a la armonía de dios hasta el escándalo vulgarísimo del templo suburbano, que es espectáculo de orquesta, danzarines y “milagros” desencadenados por un pastor, apóstol o profeta y sus compinches.
La demanda social pone en rojo vivo al alma y carácter de las gentes. Y como estas no fueron formadas –ni en hogar ni en escuela– con acerado temple para enfrentar coyunturas y dificultades, se doblan, se quiebran, tienden más a sollozar y saberse víctimas que a luchar contra el destino (¿existe?), negándose a ser héroes de su propia mediocridad. Desamparados –tal es su ignorancia y ausencia de vigor intelectual– lo que hacen es tornar las pupilas al cielo y rezar por respuestas milagrosas para sus problemas pues la fe es más poderosa que el trabajo, la ilusión mayor que la disciplina, la ilusión más soporífera que lo real.
Si esas diez mil horas que los creyentes ingenuos dedican a la oración la aplicaran a la búsqueda y práctica de soluciones no tendrían que aguardar nada de dios, excepto el momento de agradecerlo.
Medito esto mientras contemplo la fotografía de una acusada por corrupción en el IHSS y quien proclama, las muñecas sujetas con esposas carcelarias: “dios infinito probará que soy inocente”, o algo así. O sea, el típico clamor mágico de quien habiendo delinquido, suponiendo que lo hizo, aguarda que bajen los ángeles para librarla de prisión, como dice la Biblia hebrea que hizo Jehová con cierto predilecto. Suceso que al fondo refleja la metáfora de todo un acontecimiento histórico repetitivo: el de un pueblo que, incapaz para forjar su propio mundo, sueña que otros ajenos vengan a independizarlo del error. Prestidigitación divina, sortilegio, agitación cósmica, revelación gnóstica que explotan los líderes religiosos: mientras reza el sufriente, clérigos y evangélicos le introducen las uñas a la bolsa. “¡Diezma, estúpido, que dios no ama a quien no sabe diezmar…!”
Y luego la paranoica obsesión con el nombre de dios, invocado en todo y para todo, ahora incluso, dentro de un país laico, en ceremonias oficiales que no comienzan sino tras la letanía del aburrido pastor, quien no hace más que citar y elaborar tediosamente sobre versículos bíblicos, donde hay respuesta para todo, para el bien y el mal. Los contra apóstoles de Satanás, si existiera, podrían perfectamente aludir a los cuantiosos adulterios, asesinatos, crueldades y matanzas con que el bendecido y vilipendiado libro está lleno.
La creencia en dios es personal y como tal debe guardársela, no se puede imponer a otros, eso fue en tiempos de las cruzadas y la evangelización al arcabuz. Es fe que se expresa privada y no se publicita ya que es de la índole del espíritu, estrictamente íntima entre Él y yo, no entre Él y nosotros, y menos para andarla vulgarizando.
Tras los abusos de los Papas los europeos comprendieron esto temprano y si bien respetan la inclinación de cada persona igual exigen lo discreto. Nadie anda allá voceando a dios en la calle pues eso es develar los propios pesares y debilidades, las angustias y los miedos, conducta ausente de ética y de dignidad.
El lúcido Benjamín Franklin lo sintetizó casi perfectamente: “Quien vive de esperanzas corre el riesgo de morirse de hambre”…