Estamos en la era digital, época donde la ciencia y la tecnología se desarrollan mucho más que la existencia humana interior. A pesar de los logros del hombre, estos no proporcionan una evolución igual en el campo de la ética y la moral. Hoy en día la sociedad se ha mostrado cada vez más distante de la conducta moral que solía tener hace años.
Para corroborar esta afirmación, basta con preguntarle a los abuelos que nacieron entre la década de los 40 y 60, quienes nos pueden contar sus historias de formación en valores morales y educación. Esta es la generación que jugó en las calles, la que grababa en tocadiscos y los que enseñaban su propio oficio a los hijos; de ese modo, les heredaban su profesión y todo el conocimiento. Esta era la generación que inculcaba la formación del carácter, la abnegación y los buenos modales. Esta era la generación que inculcaban la cortesía, procurando que ninguna persona fuera soberbia, descortés, o atrevida en el hablar. Sin duda alguna que la sociedad actual atraviesa una profunda crisis ética y moral, porque se ha olvidado la práctica de los valores humanos.
En la medida que avanzamos de generación en generación vemos cómo los valores han perdido estimación dentro de las sociedades. Vemos cómo los jóvenes van perdiendo el respeto a sus mayores y dan valor a temas tan superfluos como la superioridad, la vanidad y la moda, lo que los lleva a perder el sentido de cooperación con nuestros semejantes.
Aunque somos seres dotados de inteligencia, lo que nos distingue de otros seres vivos, no estamos preocupados por el futuro. No queremos por conveniencia respetar los valores morales, que representan la guía o el código de reglas que son necesarias para la mejor convivencia colectiva. Estamos llenos de conductas de odio, violencia, egoísmo e indiferencia ante el prójimo. La razón de este comportamiento, quizás, sea responsabilidad de nosotros mismos, ya que poco a poco hemos perdido el valor humano, convirtiéndonos en máquinas presas del estrés y la tecnología; dejando a un lado el contacto “face to face” con nuestros semejantes.
Estamos en una época en la que, por la disputa por los espacios y la lucha perenne por el poder, empezamos a ver al prójimo como oponente y competidor, descartando su identidad de socio que vive en este maravilloso mundo que suma a todos. Estamos divididos en una sociedad, caracterizada entre los que pisan y los que son pisoteados, lo que nos lleva a colocar a las personas en planos distintos. Lo más triste de esta situación es que ya nadie hace las preguntas básicas para discernir el bien del mal: ¿quiero, pero puedo? ¿Debo? La degradación humana ha sobrepasado algunos límites que se consideran importantes, por eso ahora deberíamos empezar a preocuparnos. Estamos en una época en que ya nadie quiere agradecer a quienes nos transmiten conocimientos, no queremos respetar a los demás y a nuestros oponentes, no queremos valorar todo lo que nos sirve y que nos permita ser mejores como personas. ¿Si seguimos así, qué nos espera?
Para corroborar esta afirmación, basta con preguntarle a los abuelos que nacieron entre la década de los 40 y 60, quienes nos pueden contar sus historias de formación en valores morales y educación. Esta es la generación que jugó en las calles, la que grababa en tocadiscos y los que enseñaban su propio oficio a los hijos; de ese modo, les heredaban su profesión y todo el conocimiento. Esta era la generación que inculcaba la formación del carácter, la abnegación y los buenos modales. Esta era la generación que inculcaban la cortesía, procurando que ninguna persona fuera soberbia, descortés, o atrevida en el hablar. Sin duda alguna que la sociedad actual atraviesa una profunda crisis ética y moral, porque se ha olvidado la práctica de los valores humanos.
En la medida que avanzamos de generación en generación vemos cómo los valores han perdido estimación dentro de las sociedades. Vemos cómo los jóvenes van perdiendo el respeto a sus mayores y dan valor a temas tan superfluos como la superioridad, la vanidad y la moda, lo que los lleva a perder el sentido de cooperación con nuestros semejantes.
Aunque somos seres dotados de inteligencia, lo que nos distingue de otros seres vivos, no estamos preocupados por el futuro. No queremos por conveniencia respetar los valores morales, que representan la guía o el código de reglas que son necesarias para la mejor convivencia colectiva. Estamos llenos de conductas de odio, violencia, egoísmo e indiferencia ante el prójimo. La razón de este comportamiento, quizás, sea responsabilidad de nosotros mismos, ya que poco a poco hemos perdido el valor humano, convirtiéndonos en máquinas presas del estrés y la tecnología; dejando a un lado el contacto “face to face” con nuestros semejantes.
Estamos en una época en la que, por la disputa por los espacios y la lucha perenne por el poder, empezamos a ver al prójimo como oponente y competidor, descartando su identidad de socio que vive en este maravilloso mundo que suma a todos. Estamos divididos en una sociedad, caracterizada entre los que pisan y los que son pisoteados, lo que nos lleva a colocar a las personas en planos distintos. Lo más triste de esta situación es que ya nadie hace las preguntas básicas para discernir el bien del mal: ¿quiero, pero puedo? ¿Debo? La degradación humana ha sobrepasado algunos límites que se consideran importantes, por eso ahora deberíamos empezar a preocuparnos. Estamos en una época en que ya nadie quiere agradecer a quienes nos transmiten conocimientos, no queremos respetar a los demás y a nuestros oponentes, no queremos valorar todo lo que nos sirve y que nos permita ser mejores como personas. ¿Si seguimos así, qué nos espera?