Columnistas

Telarañas

Los estudios sobre comunicación humana han sido siempre regocijo intelectual para el hombre. ¿Cómo es que emito un sonido que quien va delante descodifica de inmediato, comprendiéndolo? ¿Cómo hay individuos que hablan diez idiomas o por qué la inteligencia es capaz de discernir lo que significan diez piedras amontonadas en una sierra (una sepultura) o el lenguaje de nudos empleado por los incas, el de humo por los sioux, el de tambor por los indígenas del orbe? Los semiólogos estudiaron a lo profundo esa intensa constelación de signos, fijando muchas de sus leyes de operación.

Igual pasa con los sistemas de redes, cuyas características definió el brillante Rapoport y que indican cómo entre sus componentes se dan relaciones de jerarquía (por veces complejas, con subsistemas), equifinalidad (un mismo propósito), interrelación e interdependencia para alcanzar una meta y no caer en entropía (desorden), así como un ambiente donde opera ese conjunto de entidades, particularidades que se hallan en la definición que hace Puleo de sistema.

Entonces, si hiciéramos una sencilla comprensión de redes sobre la corrupción y el verticalismo campante en Honduras encontraríamos que alguien (un jerarca) escogió subjetivamente una meta y puso a trabajar para ella a diversos componentes del ambiente estatal y político. Comenzó tejiendo y costurando en la asamblea legislativa a una red conservadora dispuesta a saltarse cualquier norma legal con tal de alcanzar un propósito de grupo (de red); ese mismo componente organizó otra red, la judicial, dirigida sobre el mismo rumbo proyectado, cual fue el dominio total del poder.

Con ello aseguró la equifinalidad y constituyó una jerarquía poderosa, capaz de destruir redes opuestas (la judicatura) o recomponerlas (sindicatos, gremios, colegio de abogados) a su favor. Faltaba sin embargo el brazo armado, que es otra vasta red, en cuya dirección el sumo mando instaló agentes simpáticos y sometidos (familiares) dispuestos a trabajar en la misma ruta, la cual incluso habiendo sido definida no fue divulgada públicamente y que consistió en conseguir autoridad absoluta, administrar ad volio los recursos del Estado y, sumo plan, proseguir a la cabeza del poder por décadas. Luego y finalmente hay un cierre del sistema, broche trancador, hilo que embraza a la urdimbre toda, y que es cuando la estructura así desarrollada se expande cual suprema telaraña mediante un consejo (y una ley) de secretividad cuyos componentes son precisamente los dirigentes de cada red, articulando así todo el sistema. Los dirigentes del congreso, de la corte suprema y el ejército, por ejemplo, se confabulan allí impidiendo, vedando la fiscalización de unos por otros, con lo que hacen que los tres poderes del Estado se conviertan en uno. Obra casi de genios, malvados genios desde luego.

Lo crítico ocurre cuando cada red del sistema busca y tiene, sin faltar al gran designio global, sus propias voluntades y acciones de corrupción. Los jueces prevarican por dinero, los diputados crean leyes sesgadas y contra ética, los uniformados reprimen al pueblo que se opone y hacen negocios escandalosos. Llega así cierto clímax en que la red se pudre ella misma, se torna inocultable e indefendible, la anomia se vuelve común y hay que podarla (lo que está ocurriendo hoy, que la jerarquía “quema” y depura a sus propios integrantes) o estalla, es instante de ancho peligro.

Pero ya es imposible regresarla a su estado original, el vicio la ha deformado y bastaría, si existiera, un soplo democrático para derribarla. Dónde está esa boca que sople es lo que ahora hay que ver