Columnistas

Aquella noche mi tío Manlio M. me invitó a cenar en el hotel en que se hospedaba en la Ciudad de México, luego de visitar juntos varias librerías en esa gran urbe. Sibarita y bibliófilo, las conversaciones con él eran experiencias únicas de erudición y aprendizaje, así que, en medio de mis circunstancias de modesto becario, además de comer bien sabía que disfrutaría de una sobremesa inigualable con alguien querido que me pondría al tanto de lo que pasaba en el terruño.

Esperaba en el vestíbulo del hotel, cuando un grupo bullicioso pasó cerca de mí y escuché que desde ahí emergió clara y sonora una voz femenina llamándome con mi primer nombre y apellido. “¡Miguel Cálix!”. Me volteé de inmediato para ver quién se dirigía a mí y fue entonces cuando escuché una pregunta, con un acento guatemalteco que me resultó conocido: “¿qué hacés aquí?”.

Era mi amiga Úrsula, de quien había perdido pista hacía ocho años al menos. “¿Úrsula?”, indagué con sorpresa, mientras ella se acercaba a saludarme con notable alegría, esa que se demuestra cuando no se ha visto a alguien por mucho tiempo. “Pues... acá vivo”, dije, sin pensar que estaba en un hotel y que la respuesta podría malinterpretarse. Luego le expliqué que estudiaba en el D.F., que habitaba cerca del lugar (Plaza de la Revolución) y que esperaba a mi pariente para comer; ella era parte de una misión guatemalteca que negociaba un Tratado de Libre Comercio y se quedaban en ese hotel. No pasó mucho tiempo cuando apareció mi tío, hice de él una rápida presentación y resultó que conocía al papá de Úrsula, por proximidad profesional (vaya coincidencia).

Bastaron pocos minutos para que actualizáramos nuestros datos de contacto y ese encuentro improbable, a miles de kilómetros de nuestros hogares -como el que narré de Bremen hace días- permitió que retomáramos un vínculo que se había interrumpido cuando ella decidió volver a Guatemala, después de haber estudiado su secundaria y universidad en Tegucigalpa, varios años atrás. Desde entonces y gracias a ese reencuentro inesperado, nos comunicamos y vemos periódicamente (en su tierra o en Honduras), todo gracias a aquella serendipia que nos ubicó en el mismo lobby de un hotel en tierras aztecas, fortuitamente.

Muchas personas han vivido experiencias como las que he relatado, siendo las más extraordinarias esas que ocurren en lugares lejanos cuando dos personas se encuentran al azar, sin concierto ni acuerdo previo, como si se tratara de dos ovillos de hilo desenredados que se anudan por casualidades del destino.

A veces ocurre que uno “presiente” esos cruces, como si aquella presencia conocida enviara señales o anuncio de su cercanía (me pasa mucho que, después de recordar a alguien, me cruzo con esa persona en una avenida o en lugar público quince minutos después).

Y no deja de resultarme fascinante y hasta pavoroso que ese encuentro serendípico le pueda ocurrir a alguien con un enemigo mortal o con la mismísima señora de la guadaña, para escribir las líneas finales de una historia o de una época (continuará).