Fue la segunda vez que una revolución hondureña empleó ametralladoras, en el Valle de Sula durante septiembre 1919. La primera fue en la terrible batalla de Namasigüe (1907) cuando chocaron fuerzas conservadoras y gubernativas hondureñas de Manuel Bonilla, asociadas con otras de El Salvador, contra las liberales de rebeldes nacionales y gubernativas de Nicaragua, estas con terrible equipo bélico: cañones Krupp de montaña (42 mm) con sistema Hotchkiss (accionados a gas y con enfriamiento), artillería de 37 mm, obús de 7.5 mm, rifles Remington, Maxim y Mauser, ametralladores ídem, que barrieron a sus opositores.
En 1919 se desencadena una llamada “primera guerra civil”, cuando el presidente Francisco Bertrand (maniquí de las bananeras) impone como ganador del sufragio a su cuñado Nazario Soriano, del mañoso Partido Nacional, y sus opositores políticos, no sólo liberales, se rebelan. El maestro Marvin Barahona relata que entre los cabecillas de la subversión estaban los intibucanos Vicente Tosta Carrasco, encarcelado pero luego liberado por sus aliados y ascendido a coronel, unido a su paisano Gregorio Ferrera y a J. Ernesto Alvarado, entre otros oficiales seguidores del general Rafael López Gutiérrez (...). Contaban con el beneplácito del hombre más rico de Honduras, Santos Soto, quien prestaba su residencia para unirlos y conspirar.
Las fuerzas revolucionarias conquistan en julio La Esperanza e Intibucá y luego avanzan hacia Gracias y posteriormente al norte. El diplomático norteamericano Sambola Jones aprovecha para imponer sus reglas imperiales. A fin de mes otras columnas capturan Cedros y Teupasenti en ruta a Tegucigalpa. En agosto capitula Santa Rosa de Copán y en septiembre 2 y 3 se pelea fieramente en San Pedro Sula. En cerro La Cumbre sale herido el defensor de la urbe, general José María Reina, y el combate se esparce por el valle entrando tropas atacantes desde Arenales y Tepeaca hacia el cuartel cardiaco de la ciudad.
Citando a Mario Argueta, refiere el académico Ernesto Paz Aguilar que la diplomacia de EUA calculó en 727 muertos y heridos la contienda. La polarización política siguió y en una noche de diciembre de 1919 la gente derrumbó las estatuas de Manuel Bonilla en el parque La Leona y en el parque Barahona de San Pedro Sula, hecho repetitivo de la psicología hondureña, que se desquita con la escultura aquello que no puede destruir en la realidad.
En “Memorias de un sampedrano” (1979) Gonzalo Luque describe que “el combate se había generalizado en todo el contorno de la ciudad, por los cuatro puntos cardinales. Fue fuego espantoso y para aplacar la furia de ambos combatientes Dios mandó una fuerte tormenta como a las tres de la tarde, pero ni así bajó la furia de azules y colorados. Esa vez se peleó todo el día, toda la noche y todo el siguiente día, hasta medianoche del jueves a amanecer el viernes cinco, que hubo retirada para descansar”. Cuenta de los sanguinarios militares mexicanos que participaban, como los coroneles Alfonso Rosado y Teófilo Corzo, que jamás perdonaban al capturado y lo remataban.
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