“Adónde vas, Señor” fue la pregunta que profiriera Pedro a Jesús resucitado cuando este encontró al Señor camino a Roma y el Señor le contesto: “A ser crucificado nuevamente”
¿Quo vadis, Honduras? Es la frase que también nos hacemos 9 millones de compatriotas en medio de esta bruma política que nos impide ver un futuro de paz, armonía y prosperidad. Seguramente la respuesta sería: a que me sigan crucificando mis propios hijos.
La sequía de liderazgo formal, serio, visionario, con un alto sentido de responsabilidad y pleno de valores morales y cívicos, ha provocado que la inteligencia, el respeto a los demás, la prudencia y la formalidad abandonen las calles de nuestras ciudades, dando lugar a que se entronicen en ellas la violencia, el atropello, el abuso y la inseguridad general ciudadana.
Dónde está ese líder que ansiamos, ese Moisés, ese Gandhi, Mandela, Morazán o Bolívar, capaz de conducir a este noble pueblo a niveles de superación y desarrollo humano. Sin que permanentemente nos estemos clavando los colmillos en la yugular.
Dónde está esa figura extraordinaria impregnada de la más alta calidad humana y revestida de esas cualidades que caracterizan a los líderes genuinos; esos que son motivo de la más alta admiración y respeto, esos que inspiran confianza casi absoluta y provocan sentimientos de paz espiritual y deseos vehementes de vivir dentro de un marco de felicidad y prosperidad; esos cuya presencia en la sociedad no se termina con su desaparición física sino que trascienden aun los umbrales de la historia y sirven de modelo e inspiración a las nuevas generaciones.
Señor, a ti imploramos los que con lágrimas en los ojos vemos como naufraga el frágil cayuco de nuestra patria en este tenebroso mar de caprichos, egoísmos intransigencias, abusos, mentiras y falsedades. Danos líderes de acero no ídolos de barro.
¿Quo vadis, Honduras?