Que no nos digan que no hay esperanza. Cada cuatro años ocurre algo en Honduras que impacta y compacta a la sociedad. Entonces, un sentimiento patrio se impone sobre toda diferencia, y una electrizante sensación se apodera del alma nacional: la de que todos somos parte de algo superior, que podemos lograr el objetivo más trascendente para unirnos como pueblo. Y en el ejercicio más democrático que conocemos, la nación se une para gritar, a una sola voz, plena de júbilo, ebria de ilusión, la divisa que nos arrebata, que nos enorgullece y que nos define: ¡Honduras al mundial!
No es una broma. Ese anhelo colectivo no es lograr algún lugar en las competencias, algo que ni se espera, sino simplemente llegar. Así de flaca es la causa que nos concierta. Nada nos une, sino el sueño cuatrienal, mientras numerosos divisores nos separan, como la política, las ideologías, el fútbol local y, desde hace poco, lentamente, parece que también la religión. El profesor André Marcel d’Ans (U. de París) escribe que Honduras apenas emerge como nación y como Estado.
Quien haya leído la Historia de la Configuración Territorial de Honduras, de la historiadora Sucelinda Zelaya (UNAH), sabe que nuestro país es un mosaico inacabado, cuyas piezas han ido cayendo durante más de 500 años para formar su arrugada geografía, separatista y costosa. Esta realidad podría explicar un poco la resistencia del estamento político a concertar soluciones.
Pero también explica la insistencia popular para que los políticos dialoguen y comiencen a colaborar en temas de interés excepcional y urgente, porque la falta de rumbos y objetivos comunes nos impiden construir la voluntad colectiva indispensable para impulsar el desarrollo económico y humano. Una de las razones por las que fracasa el intento democrático es que fue negociado y administrado por los mismos liderazgos del viejo orden, conservador, autoritario y en ocasiones cómplice de los golpes militares. Tales liderazgos cerraron el espacio a los jóvenes relevos de los partidos tradicionales, llamados a organizar la democracia y reorientar el país. Una experiencia tan cara debería alentar la concertación de las cuestiones más esenciales y definitorias para Honduras, sus objetivos, su visión educativa, su tipo de democracia, su institucionalidad jurídica y política, su sistema electoral, su orden constitucional, temas previos a las negociaciones puramente partidarias del poder político. Pero la negativa rotunda a concertar en la coyuntura impredecible que vivimos proviene de los grupos y dirigentes políticos, que no consideran necesario el diálogo, porque todos han hecho cuentas y están seguros de ganar las próximas elecciones y hacer gobierno de partidos y caudillos sin mayor dificultad. En qué se basan para no conversar y negociar antes que se acabe el tiempo y las crisis se agraven, es algo inexplicable.
¿Desconocen que la situación actual es continuación de la que provocó el golpe de Estado, que no pudimos superar ni con la asistencia internacional recibida? ¿No perciben el disgusto impaciente de la clase media, frustrada y empobrecida? ¿No recuerdan las confrontaciones callejeras de 2009 y de las elecciones recién pasadas? ¿No creen que la recesión económica mundial anunciada para el 2021 agravará nuestra propia economía y podría recalentar más los ánimos electorales?