A pesar de que la democracia ha sido posiblemente la mejor respuesta que se le ha dado a la problemática del ejercicio del poder político, considerando lo defectuosos que somos los seres humanos cuando de gobernar se trata, esta, como todo en la vida tiene sus riesgos (una mala elección, por ejemplo) y su propio desgaste. De hecho, podría ya no estarse hablando de una democracia, sino de una posdemocracia, concepto que acuñó el sociólogo inglés Colin Crouch.
Quisiera aclarar que al hablar de posdemocracia no me referiré por completo al concepto que desarrolló Crouch, sino que utilizaré la idea de manera general y es posible que incluso me aleje de sus postulados, pero me parece un gran punto de partida para mi reflexión.
La posdemocracia implica la utilización de las formas de la democracia, pero sin la esencia de lo que busca originalmente la democracia, que es la representación y participación de todos. Por ejemplo, en Honduras vamos a elecciones cada cuatro años, elegimos diputados, alcaldes y presidente, que conforma su gabinete que nos gobierna en los aspectos puntuales de nuestra cotidianidad, pero ¿estamos seguros de que eso es suficiente para alcanzar la democracia? ¿O solamente se trata de una instancia de todo el proceso democrático? ¿Podemos hablar de una verdadera participación ciudadana entre los ciclos electorales?
Crouch habla de que la posdemocracia se trata de un asunto de élites, donde por deducción lógica ya no estamos representados todos, los votantes son solamente un instrumento. Ese panorama lo que puede provocar es apatía de parte de la sociedad a participar en los procesos democráticos, porque después de todo son otros los que toman las decisiones y no en función de los intereses de los que se acercaron a las urnas.
Ser político se convierte sobre todo en un asunto de imagen, de control de la percepción que tienen las masas. Las masas son la reserva del mecanismo por el cual se alcanza el poder.
De allí que los partidos políticos en general pierden por completo la capacidad de autocrítica, admitir un error o el fracaso en cualquier dimensión es ceder un milímetro que puede aventajar al otro. Lo peligroso de estas actitudes es que son un llamado a los radicalismos, porque estos surgen solamente en aquellos que ni siquiera sospechan que podrían estar, aunque sea ínfimamente equivocados.
De allí también, es posible que se desprenda que los políticos serán cada vez más efímeros, porque es muy difícil mantener una imagen por largo tiempo, pero quizá esa es reflexión de otro artículo.
No es nuevo que el juego político dejó de tratarse de un asunto de ideas y se transformó en una maquinaria de márquetin, pero hoy más que nunca es así. Las elecciones se ganan en las redes sociales.
¿Es el fin de la democracia? Por supuesto que no, de hecho, las sociedades han intentado reaccionar a la posdemocracia. Yo pienso que los triunfos de Bukele en El Salvador y Milei en Argentina, por mencionar dos casos simbólicos, son fruto de esta reacción. Se los eligió en el afán de sacar a los mismos de siempre, a los que convirtieron la democracia en una posdemocracia.
¿Son buenos los resultados de esa reacción? En realidad, no lo sabemos y en política siempre es difícil saber ese tipo de cosas. La invitación es a seguir creyendo en la democracia, a ser participativos y no dejarnos vencer por la apatía