Mi buen amigo Carlos Sosa Coello, eminente médico psiquiatra y brillante político hondureño, nos decía en los años 80 y 90 que la persecución de la “corrupción” por sí era una causa perdida; que el fenómeno estaba tan extendido en todas las esferas de la administración pública y tan arraigado en sectores relevantes del empresariado privado que sin una política de Estado enérgica, dirigida por funcionarios probos y valientes en las más altas esferas del poder, no podíamos perder las esperanzas de contar algún día con una Honduras limpia, transparente, próspera y justa, porque las llagas que se le producían a la sociedad en lo político, económico, social y cultural eran tan lacerantes que con acciones débiles, aisladas o discursitos tibios no se llegaba a nada.
Al realizar un análisis clínico de todo el Estado hondureño, lo único que se revelaría sería una contaminación o infección generalizada e incontrolable. Sosa Coello, al igual que lo repetía incansablemente Andonie Fernández (fundador del Pinu), aconsejaba perseguir con arpón a los corruptos; enjuiciarles y aplicarles todo el peso de nuestras leyes para que pagaran con tiempo de prisión sus fechorías, pero que, además, resarcieran al Estado el cien por ciento de lo defraudado.
Aun así, esto no representaría la subsanación de todo el daño causado.Lo ventajoso en Honduras es que casi todo acto de corrupción tiene actores fácilmente identificables. Todo fraude, robo, abuso o coima tiene detrás de sí uno o más personajes con nombres y apellidos, casi todos torpes en esencia; aprenden fácilmente a robar, pero cínicamente olvidan esconder sus actos bochornosos, quizás porque gozan con restregarle al pueblo sus fechorías.
Gastan fortunas en la adquisición de mansiones en las zonas residenciales más exclusivas, ya no les son suficientes las modestas viviendas de clase media de donde muchos provenían antes de la toma de posesión de sus partidos.
En las agencias importadoras de vehículos sus nombres se convierten de la noche a la mañana en ricos señorones, grandes clientes selectos que no reservan solo un vehículo del más alto costo para ellos, sino dos o tres más para sus cónyugues, novios o hijos mayores.
Algunos salones de belleza se convierten súbitamente en vitrinas de exhibición de la corrupción, en confesionarios del pecado; las esposas ingenuas o “novias” en su caso, de funcionarios tramposos confiesan, sin pudor, las proezas malsanas de sus maridos.
Las pobres nunca aprendieron a cerrar la boca y hasta se ufanan en demostrarle o, mejor dicho, restregarle al pueblo sus nuevas riquezas mal habidas.Nombres y apellidos reclama el pueblo exigiendo justicia.
Nada de generalizar para mantener ocultos a los responsables cobijándoles con el manto sagrado de una cofradía perversa que protege al malo a expensas de los buenos e indefensos ciudadanos.
Tiene entonces razón Edmundo Orellana cuando insiste en preguntar si usted ya se incorporó al “BASTA YA”.