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No olvide escribir el nombre

¿Disculpe la molestia, con quién hablo?”, pregunté con amable voz y proseguí: “Fíjese que anoté este número sin nombre en un papelito, lo guardé en mi billetera y ahora llamo para saber de quién es”... “Mire, no es una broma, lo que pasa es que no quiero guardar un papel que no necesito o tirar uno que sí”... “¿Que si no tengo nada que hacer? No sea malcriada, solo llamaba para pedirle un favor, no tiene por qué ser descortés” (…) “¡¡¿¿Cómo??!! Mire, sólo estoy limpiando de papeles mi billetera y quería que me dijera el nombre del dueño de ese teléfono, pero si usted es tan desconfiada, no puedo hacer nada”… “No la estoy insultando señorita, solo dije que usted desconfía”… “¿Me va a decir o no me va a decir el nombre?”... “¿No?”… “¿no me va a decir a dónde hablo?”... “No le estoy gritando, usted es la que me está gritando”... “No le voy a permitir que me insulte…¿aló? ¿aló?” (ya me colgó esta #$&…).

Dos minutos después: “¿Hola? Soy yo de nuevo… no soy un delincuente, señorita… solo quiero… espere… déjeme decirle… solo quiero... ¡Escúcheme!... ¿aló? ¿aló?” (¡uf, otra vez!)”.

Obstinado, llamé al 192. Una operadora sin nombre me dijo entre chasquidos de lengua y risas que ese número era “privado”(¡!).

Dejé pasar media hora y seguí liberando mi billetera de recibitos de compras de supermercado, cafés, boletos no ganadores de lotería y tarjetas de presentación. Reducido el grosor de la voluminosa cartera, cogí el papelito con aquel número de incógnito propietario. Sabido de la difícil tarea que me esperaba, ya había invocado una docena de santos, encabezada por el infalible Judas Tadeo, “Patrón de los casos difíciles y desesperados” (quien –dicho sea de paso—es representado con una cachiporra en la mano).

Al menos cuatro timbrazos antecedieron la respuesta al otro lado de la línea. La misma voz y ahí estaba yo: “Hola, señorita. Llamé hace una media hora para preguntar a dónde hablo, porque tengo un papelito con ese número…por favor, no me cuelgue… (utilicé voz de alma sufrida como último recurso para ablandar el corazón de mi interlocutora)…¿aló? ¿aló? ¡!¿¿aaaalóóó??!!” (¡Aaaarrrrgg! ¡Jubilate, Judas Tadeo!). Con más pena que gloria, guardé resignado el papelito en la billetera.

Más tarde, por la noche, llamé a mi madre para saludarla. Después de comentar achaques, novedades de los nietos y todo tipo de noticias familiares, me dijo, con aire de preocupación: “Hijo, me gustaría que me averiguaras si se puede hacer un control de llamadas en el teléfono nuevo de tu hermano. Fijate que me dijo la muchacha que trabaja donde él que hoy la estuvo llamando un pícaro, que insistía en saber quién vivía ahí y que le gritaba como loco, insultándola y diciéndole hasta de lo que se iba a morir”.

Debe haberle extrañado que guardara silencio (¡San Judas Tadeo, te debo una!).