Columnistas

Ni derechos ni humanos

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH), adoptada por el Pleno General de la Organización de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, fue el resultado de aquella experiencia aberrante, bestial y sanguinaria de la Segunda Guerra Mundial que ha quedado en la historia negra del mundo.

Sin embargo, después de esa carnicería nace la creación de la ONU y la comunidad internacional se comprometió a no permitir nunca más brutalidades de este tipo. Los líderes mundiales decidieron complementar la Carta de la ONU con una hoja de ruta con el objetivo de garantizar los derechos de todas las personas en cualquier lugar y en todo momento. El escrito que consideraban y que más tarde se convertirá en la DUDH, pues fue examinado en la primera sesión de la Asamblea General en 1946, y hace 72 años de esa luz y esperanza que cada vez parece apagarse y alejarse, no obstante, cada día hay más batallas a fin de mantener esas ideas renacentistas y de ilusión de que nada estará nunca más por encima del ser humano. Aquella histórica Comisión de Derechos Humanos estaba integrada por 18 miembros de diversas formaciones políticas, culturales y religiosas. Por un lado, Eleanor Roosevelt, la viuda del presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, presidió el Comité de Redacción de la Declaración Universal, junto a ella se encontraban Rene Bassin, de Francia, quien redactó el primer proyecto, el Relator de la Comisión, Charles Malik, del Líbano, el vicepresidente, Peng Chung Chang, de China y el director de la División de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, John Humphrey, de Canadá, quien preparó la copia de la Declaración. Pero de todos ellos, Eleanor Roosevelt fue sin duda la gran impulsora de la aprobación de la Declaración. Han transcurrido mucho tiempo y ha quedado una decadencia inmoral de unos derechos de apariencia, por unos derechos del desprecio y de atrocidades en nombre de esa declaración hecha con la voluntad más humana del mundo. Esas temporalidades han pasado de aquella declaración y hoy en plena democracia y Estados constitucionales: deliberadamente se eliminan personas inocentes, ejecutan y desaparecen como en una corte marcial, tal si fuese el matadero de las “legalidades” bautizadas con la sangre derramada de las ideas opuestas a las farsas de los discursos pletóricos de miseria humanitaria. Pues bien, los derechos humanos se han convertido en una mercancía del régimen trasiego de pseudoemancipaciones manufacturera de masa útil solo cuando hay elecciones, después de eso el ser humano no existe. Los derechos humanos ya cayeron en el abismo de la mentira, así como rescatarlos es el negocio de la época, entre tanto, se le sigue poniendo precio a las mujeres, gente mayor, niñez y a los hombres que hasta en el deporte se subastan y se hace una comparación con la esclavitud de oro del siglo XXI. Mientras haya un precio bajo la manga de la honestidad con miras a corromper la conciencia moral de la ciudadanía y se le ponga precio de compraventa del ser humano, se deben levantar cruzadas con el objetivo de declarar que deberíamos redactar contra el ocaso del ser humano por la guerra desquiciada de la corrupción que aniquila, violenta y divide todo asomo del desarrollo y, por supuesto, también del remedo de individuos que pretendemos ser.