De adolescente, cruzaba el pantano de la angustia que da esa edad, donde leí esa mañana la confesión del periodista Plinio Apuleyo Mendoza que narraba cómo fue la primera vez que su amigo de aquella época, Gabriel García Márquez, conoció la nieve en una Nochevieja de 1956 en París. Apuleyo cuenta que cuando el joven escritor vio las calles blancas con sus faroles y autos cubiertos por millares de copos de nieve empezó a correr y a saltar, gritando ¡nieve!, mientras el abrigo y los bigotes se llenaban de hielo. Era un fenómeno invernal que solo había visto en las tarjetas de Navidad que llegaban a Colombia. Eso lo recuerdo ahora porque he visto caer desde el cielo frío y crepúsculos lúgubres de en Tegucigalpa un estruendo de consumo desproporcionado que se genera con las compras compulsivas de dádivas por encima de las posibilidades, así como excesivas comidas en que galopando se abalanzan sobre centros comerciales, excitados por la jauría de la publicidad, comerciantes de compraventa que sitian hasta el hartazgo los pocos recursos de un pueblo hambriento. El dinero, ese escapulario de muchos ricos y pobres que caminan adornando sus almas, lo buscan con agitación y alevosía en esta era de parlamentarios ladrones sueltos y corruptos en sus casas defendiéndose en libertad, bajo esas chimeneas de la impunidad con sus arbolitos de colores brillando de “justicia”. Los desdichados hondureños en sus casas arrinconados con temperaturas gélidas, hambre y carencias, iluminan sus vidas ante el amparo de Dios que está en el pesebre de barro cocido a mano por una obrera. Entretanto, en las ventanas, los cielos se alumbran en las tinieblas de una economía incipiente de corrupción y narcoactividad que esparce la “nieve” desde los cielos degollando de tajo la moralidad de una nación que desde hace mucho tiempo dejó de creer en la natividad de la fraternidad, al igual que el compromiso, virtud de la amistad, paz que da la justicia y la sensatez de un Estado de derecho íntegro y firme contra los saqueadores públicos que se pasean y pavoneancon el saco de dinero robado en el carruaje de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) que adorna con guirnaldas de ostentosas fantasía las alfombras de los dignatarios. Pero sabemos que los practicantes políticos se enfundan su traje de rey mago, siguiendo “la estrella” que ilumina a unos pocos ensartados en el poder público.
La Biblia rememora como Jesús expulsó a los mercaderes del templo. Por supuesto, el Estado no es una ermita, aunque en el trasfondo se encuentran bacanales de consumo, excesivo poderío y despilfarro descontrolado. También sabemos que hay funcionarios que se volverán “solidarios” y regalarán juguetes y alguna comida; sin embargo, eso solo es expandir la penuria y la explotación de los más necesitados a fin de alimentar esa vanidad vacía que suelen tener los dueños de la hegemonía.
Dilatemos estas pascuas y sorteemos la vorágine consumista que nos envuelve en la burbuja de luces y villancicos, reflexionemos y actuemos con el objetivo de salvar a nuestro país de esas tormentas turbulentas y falaces discursos oficiales que luchan frente a la corrupción y la pobreza; no obstante, en sus noches buenas se hartarán hasta saciarse en nombre de la democracia que se muere de frío en una pocilga abandonada.