La certeza de que la partida es inexorable no abrevia los pesares. El viaje sin retorno del ilustre que se va con la dicha de una vida buena, en la que se procuró ser correcto, igual, se siente hondo. El que procuró un mundo mejor más que descansar en paz, resurge en cada oleaje violento en el que la vida de la nación es amenazada. Surge la interrogante “¿qué hubiera hecho?” Si ellos fueron asertivos en la propuesta, ¿por qué no pueden serlo los de ahora? Manuel Acosta Bonilla es de aquellos. En presente, porque hondureños como él no mueren, se trasladan, se crecen, se aparecen en lo que debiera ser al menos un atisbo a la historia que hacen. La historia de una Honduras en la que sus historiadores no escriben la historia.
Herejía para el sectarismo: el nieto de Manuel Bonilla, abogado, economista de hecho, es modelo para las generaciones futuras. El general Oswaldo López Arellano en su mandato constitucional lo nombró secretario de Estado. Y surgieron iniciativas valiosas para el desarrollo de los hondureños, destruidas después. Era cuando los mandatarios consideraban cuestión de honor y deber patrio elegir a los mejor preparados para los cargos. En ese gabinete también brilló el doctor Enrique Aguilar Paz, tan añorado en estos días de profundas carencias en el sistema de salud. En contradicción a su origen, se decía que don ‘Meme’ Acosta firmaba con la pluma de Lombardo Toledano, por sus ideas progresistas, sorbidas cuando fuera su discípulo y le fuera obsequiada una por el político y filosofo mexicano. Tiempos de prohombres, como en su entorno familiar, Edmond Bográn, también mente preclara, así como otros para quienes el idealismo era real alimento de construcción nacional, no falso instrumento para perseguir ambiciones. ¿Cómo se escribe todo lo bueno que hicieron ellos? ¿Lo que edifica y motiva a la grandeza? Al lado, sí, de lo mal que hicieron otros y para nunca repetirse. Para que aprendan nuestros niños. Me le entrega, por favor, una rosa amarilla a doña Adela.