Los tuits en los cuales la Real Academia Española responde institucionalmente a las dudas de los hablantes se han ganado el corazón de unos y el recelo de otros. Las respuestas tienen no solo su esencia académica, sino que se esmeran por tener en algunos casos un tono juguetón, personalmente algunas que he visto en alguna captura de pantalla (en realidad casi todos decimos “escrínchot” o solo “escrín” -nótese mi esmero por adaptar el anglicismo a la ortografía española-) me ha costado creerlas y he tenido que ir directamente a la página a verificar si son reales o se trata de una broma.
Con el “jáchtag” (nótese de nuevo mi esfuerzo por adaptar los anglicismos) #RAEconsultas se responde de manera precisa a los usuarios sobre dudas que se tienen relativo al uso correcto o no de algunas palabras o expresiones.
Y es natural, hay que preguntarle a la institución referente de la lengua. Aunque pienso que el origen de una gran cantidad de preguntas que se realizan, sobre todo las que provienen de Latinoamérica, tienen todavía aquel antiguo error de creer más válida la lengua española hablada en la Península Ibérica y menos válida la usada en esta parte del mundo.
La administración de la página, después de todo, cumple su labor y en muchos casos se refiere a los americanismos en sus respuestas.
Lo aplaudo. Sin embargo, no deja de haber en esta dinámica una especie de necesidad de aprobación innecesaria por parte de la institución.
No se ha comprendido aún que la lengua es una dinámica imposible de detener, la lengua es quizá nuestra mayor libertad, ninguna lengua en el mundo tiene un fundador o creador, y aunque a veces nos ha parecido, ninguna ha tenido ni tendrá un regulador
. No me refiero a que no debe haber corrección, claro que debe haberla, pero la corrección no quiere decir resistencia al cambio. Puedo ser muy correcto aceptando las evoluciones necesarias.
Quizás el tuit que mejor refleja este espíritu de temor a los anglicismos y en general a los cambios es la respuesta a cuál sería el equivalente de “espóiler”, a lo que se respondió que era “destripe”, palabra que los usuarios automáticamente rechazaron, porque nadie la había usado con el significado de “revelar detalles de una trama de ficción que reduce o anula el interés de quien aún no los conoce”.
La verdadera autoridad de la lengua que son los hablantes, me temo, sintieron un poco de desilusión al ver la respuesta.
El argumento para “rechazar” los anglicismos como “espóiler” y “jachtag” es que hay palabras equivalentes en español y por lo tanto deben usarse las formas propias y no las importadas. Pero…¿y la preferencia lingüística? ¿Acaso pertenecemos a una lengua unívoca, es decir, en la que una sola palabra equivale a un solo significado? Recordemos que casi todo vocablo alguna vez llegó de una lengua distinta.
Seguiremos diciendo “espóiler” y eso no matará al español, ni lo hará menos importante o lo hará retroceder. Y
o me enamoré de esta lengua, y muchos otros también, con todo y su imperfección, con todas sus contradicciones, con todos sus anglicismos. Y solo para dar un mínimo ejemplo, la mejor obra que he leído en los últimos cinco años, “2666” de Roberto Bolaño (que no es un escritor menor), no deja de ser excelsa porque a cada dos por tres el chileno diga “parking”, así, sin comillas, sin cursiva.