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La devoción de Félix

Cada Semana Santa, Félix desarrollaba su ritual obligado por ese instinto humano que nos hace repetir prácticas adquiridas desde la niñez, a fuerza de reiteración y disciplina materna.

Desde hacía más de treinta días había dejado de consumir carne de cualquier tipo y se limitaba a comer alimentos que él consideraba puros; atrás habían quedado las temporadas en que ayunaba de carne los viernes y en que renegaba de la opinión de los sacerdotes nuevos de la parroquia, recién salidos del seminario, que criticaban sus buenas costumbres.

“Esos curitas nuevos están equivocados –me decía-, con esas ideas raras están matando nuestras tradiciones más sagradas”.

Crecido en una familia que le puso su nombre por haber nacido el 18 de mayo, día de la festividad de San Félix de Cantalicio, su vida había estado marcada por vivencias que le hacían predestinado a ser un hombre devoto, como aquel día que fue capaz de apagar la flama crecida de la estufa rezando la novena de la Santa Cruz que le había enseñado su mamá, o la otra vez que entendió que su tío Julián había muerto trágicamente por apresurado, pues vio que no había aceptado la bendición de la abuela antes de salir a trabajar por la mañana.

Conocí a Félix por casualidad –él diría porque Dios así lo quiso- una mañana calurosa en que buscaba un cerrajero para duplicar unas llaves.

Dedicado al oficio de desentrañar los secretos de las cerraduras, candados, picaportes, llavines y cajas de caudales, Félix se sentía orgulloso del simbolismo de su actividad, como demostraba una imagen del apóstol y guardián del cielo que gobernaba su pequeño local de seis por seis pies en un concurrido bulevar de San Pedro Sula.

Solterón (“no por falta de oportunidad”. me decía) y de fácil conversación, no era extraño que uno fuera por la copia de un par de llaves y terminara en amena plática con él, refresco compartido en mano, comentando sobre los avances en trabajo de otros clientes mientras se sumaban tertulianos.

Félix era una autoridad en temas sacros. Así nos lo demostró en una ocasión cuando empezamos a hablar de las costumbres de la llamada Semana Mayor: comenzó a comparar las procesiones del Vía Crucis y sus detalles con las de varias ciudades de Centroamérica a las que sus pasos mozos le llevaron.

Ninguna, en su opinión, se comparaba a la de la Antigua Guatemala, no solo por su imaginería sino por la actitud de la concurrencia, contrita y emocionada en gran número por la solemnidad del acto.

Hace mucho tiempo que no lo veo, pero la última vez me hizo una sincera confesión: él ya no iba a servicios religiosos ni procesiones. “Han perdido su alma”, me dijo con circunspección. “Mire Miguelito, ya no es igual. Ya no me calan, no me llenan.

Ahora lo que hago es prepararme días antes y comprar un par de cajas de cervezas para mí solito. Y todo el Viernes Santo me encierro a tomar y a ver las películas de la temporada por televisión, hasta que termino empapado en llanto al rememorar la Pasión y sacrificio del Rey de reyes”, sentenció, agregando, con expresión severa: “Y además ayuno de carne, Miguelito”.

Nada que cuestionarle a la devoción de Félix.