Los datos de deserción escolar dados a conocer por la Secretaría de Educación son alarmantes, muestran que entre el 2014-2016 se han registrado un acumulado de 170,520 estudiantes de los tres niveles de educación que han abandonado sus estudios por diversos motivos, registrándose el porcentaje mayor de deserción en el nivel medio.
Estos datos son aún más preocupantes si le sumamos los 52,000 estudiantes que en el 2017 decidieron o se vieron forzados a abandonar sus estudios; si tomamos como base los 200 días de clases, significa que el año pasado en nuestro país 260 estudiantes por día dejaron de estudiar. Entre los niños y jóvenes predominan los motivos socioeconómicos para no permanecer en el sistema educativo.
No es de extrañar que esta sea la principal causa para la deserción escolar, en un país donde más de dos tercios de su población se encuentra viviendo bajo la línea de pobreza, además de las otras causas asociadas a la pobreza como son los embarazos adolescentes, violencia, trabajo infantil y la migración interna y externa, sumado al desempleo y la inseguridad. Como era de esperarse, los departamentos donde se reportan mayores tasas de violencia, inseguridad y migración son los que reportan las mayores tasas de deserción escolar.
Pero también hay que analizar y ponerles atención a las causas secundarias de la deserción escolar producto del sistema educativo como: baja asignación al presupuesto escolar, que afecta la cobertura escolar principalmente en los niveles iniciales y medios; insuficiencia de material escolar, precarias condiciones físicas de las escuelas e instituciones públicas, escasa capacitación y preparación de los maestros, lo que incide negativamente para que la oferta educativa sea de calidad y responda a los desafíos del siglo XXI.
Es preocupante el desconocimiento que existe a todo nivel sobre el enorme impacto de la deserción escolar y que todavía no se entienda que la deserción escolar es un problema que nos afecta a todos y no solo al “individuo que abandona”, ya que esta tiene un gran impacto en el capital humano, pues estos niños y jóvenes que hoy están abandonando las aulas por la razón que sea, mañana serán personas sin habilidades para insertarse en el mundo laboral; al no tener educación, vienen las consecuencias sociales e individuales que generan elevados costos sociales y privados porque derivan en la captación de una fuerza de trabajo menos calificada.
Para el Estado también resulta costoso ya que este se ve en la obligación de realizar y financiar programas sociales.
Quienes están fuera del sistema educativo forman parte de grupos desocupados y excluidos sociales, pueden formar parte de grupos delictivos y violentos, lo que incrementa las desigualdades sociales. Por estas razones, la sociedad hondureña debe de involucrarse y exigir un cambio de modelo educativo.
Este tema debe ser de interés de todos, de las madres y padres de familia, maestras, maestros, autoridades gubernamentales y políticos para que juntos busquemos soluciones para mejorar el sistema educativo hondureño.
No basta con que se agreguen contenidos al currículo o se otorguen becas, porque estas son estrategias a corto plazo que no resolverán los problemas profundos que hoy enfrenta la educación.
Conozco y celebro los avances que se han dado en materia educativa en el país y los planes para mejorar el sistema y los programas de dotación de libros y de prevención de violencia; sin embargo, hay todavía un largo camino para que las niñas y los niños que asisten a las escuelas públicas reciban una educación de calidad y aprendan sin miedo y esto solo será posible cuando exista la voluntad política de cerrar la brecha entre los gastos destinados al pago de sueldos y salarios y los destinados al equipamiento e infraestructura escolar; y que se adopte un modelo educativo inclusivo y flexible capaz de adaptarse a las necesidades de las niñas y niños y a las especificidades de cada región del país, una educación que motive a las niñas y a los niños por el acceso al conocimiento, por el desarrollo de la capacidad crítica y el pensamiento propio alrededor de sus propias realidades y de sus proyectos de vida, que le permita generar vínculos constructivos con su institución, sus maestros y sus comunidades.