Esta polarización en Honduras no resulta, como se quiere hacer creer, de hondas diferencias ideológicas. Su origen es sórdido y peligroso: egos desmesurados, ambiciones frustradas y derrotas personales mal digeridas que se anteponen a los intereses de Honduras e, incluso, a los de los propios partidos.
Y no, no nos referimos al candidato liberal, sino a unos que en vez de ayudarle hicieron de la adulación su principal aporte, distorsionando la causa que debía ser noble. Si la política no es servicio y se convierte en teatro de vanidad, el daño no es abstracto: el tejido social se rompe y se desgasta la confianza pública. Resulta inadmisible la obcecación de descargar en las dos consejeras del Consejo Nacional Electoral (CNE) los resultados. Aún pendientes impugnaciones. Que uno crea y quiera que ha ganado el candidato liberal, no es suficiente, debe declararlo el CNE.
Convertir a las concejeras en chivos expiatorios es cobardía política. Contra intereses aviesos y presiones horribles emitieron la declaratoria de elecciones. A pesar de los obstáculos de apátridas e ingenuos. No hacerlo significaría la ruptura del orden constitucional, el escenario buscado por el PLR, por su oligarquía melista, con el contubernio de incautos liberales, engañados por la astucia del presidente Zelaya: Que en pocos meses se convocarían elecciones y entonces, ahora sí, ganarían. Nunca. Por las malas, el nefasto PLR habría ganado esta y todas las siguientes. Nos duele la derrota y ver cómo se fomenta el odio contra correligionarios, cómo se ataca a quienes defendieron la legalidad, y cómo se elige creer una vez más a quien ha mentido siempre y representa caos.
La solución exige deconstruir el discurso de odio, respetar las instituciones y asumir responsabilidades propias. La democracia se defiende honrando la voluntad popular. Y para ello se hace uso de los recursos legales. Como las dos consejeras, somos muchos los determinados a defender la paz y la libertad de Honduras.
Sin retroceso.