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'El río de las tumbas”: entre el calor festivo y la muerte

La película “El río de las tumbas”, de Julio Luzardo, fue filmada a principios de la década de 1960 y estrenada en septiembre de 1965 en los cines colombianos. La película es en blanco y negro, al mejor estilo del neorrealismo italiano que, con raquíticos recursos técnicos y abierta a integrar a los protagonistas de la comunidad de Villa Vieja, en la frontera de la República de Marquetalia, nos llama a mirar más allá de sus folclóricos personajes.

Contexto: Colombia vivía, luego de asesinato de Jorge Eliécer Gaitán ocurrido en 1948, un contexto de violencia partidista y el nacimiento de las guerrillas. En el año de 1964, el repunte de la violencia marcada por la ofensiva militar del gobierno de Guillermo León (1962-1966) contra la Marquetalia fue una situación que propició reagrupamientos. Los engaños y estrategias clandestinas para asesinar líderes que habían recibido amnistía generaron el repudio y el alzamiento que dio inicio a las FARC.

La película y sus personajes: al iniciar la película se observa a un hombre moribundo, tras haber sufrido torturas, conducido en un camión atado y amordazado, es lanzado al río. El bobo o el loco del pueblo que va a traer agua al río con un burro descubre el cadáver y luego corre asustado al pueblo para informar, va donde el cura y luego donde su hermana Rosa María (dueña de la cantina La Tatacoa), busca al alcalde para informar del suceso. La trama inicial muestra el pueblo en su cotidianidad con sus líderes políticos enemistados (el cura frente al alcalde, juntos pero no revueltos) y expone las contradicciones humanas, sus esperanzas y miedos, sus deseos de olvidar la muerte y las alegrías que les trae la fiesta de la Pitahaya.

Nuestras sociedades latinoamericanas ceñidas por particularidades, pero integradas a procesos de dominio de la mano de la violencia, es lo que busca Luzardo y el equipo de trabajo en esta producción “El río de las tumbas”. Sus personajes son a veces caricaturizados, pero a la vez humanos, como los “doctores” de la capital, que piensan el poder y su entendimiento de la realidad; el alcalde, que llama al orden a su lento ritmo; el cura, que regaña, pendiente del interior del pueblo olvidado, la avalancha de violencia que se cierne en los alrededores; el secretario, que busca matar el tiempo con un sousafón; el alcohólico que sabe todo, calla y prefiere beber; el loco ve, escucha, ríe y juega; La chica y su novio, testigos directos de la violencia, escapan a las fronteras con esperanza de empezar de nuevo; los matones escabullidos entre la fiesta; las chicas que sueñan con ropajes en ser reina de la Pitahaya; el político, sudoroso y cansado de tanto acercarse a la plebe; el cabo, cansado de sacar muertos, prefiere que los muertos sigan su curso en las aguas del río mientras buscar refrescarse; y, así, se van desenvolviendo todos los personajes al ritmo de un círculo que les vio nacer, la muerte los asecha, pero hay que ir a la amnésica fiesta para no pensar en ella. La “despescuezada del gallo”, el baile y el certamen de la Pitahaya es más importante que la demagogia de candidato, mientras que sus “racionales” protagonistas recalcan con cálculo: “mi querido Dr. Reyes -le dice el asistente del candidato al investigador-, hay demasiados crímenes impunes”, dando a entender que se debe aceptar como un mal necesario.

El elenco: convertida en patrimonio fílmico de Colombia, esta pieza cinematográfica está en la memoria por las siguientes personas: el guión y la dirección de Julio Luzardo; Santiago García, Carlos Duplat, Jorge Andrade, Carlos Reyes, Carlos Perozo y Rafael Murillo, Eduardo Vidal, Milena Fierro, Alberto Piedrahita, Juan Harvey, Pepe Sánchez, Yamil Omar, Alejandro Pérez, Hernando González, Carlos Sánchez, Ricardo Moncaleano, Carlos Sánchez Jr, Jacinto Castellanos y muchas personas, entre ellas niños de Villa Vieja, pequeño pueblo ubicado a la orilla del río Magdalena y del desierto de Tatacoa. La película contó con la producción de Pepe Sánchez y Rafael Murillo, la música a cargo de Jorge Villamil, Lucho Bermúdez y Trío Los Isleños.

Rafael Murillo Selva: nacido en 1933, tiempos de autoritarismo, siempre voló por el mundo. En Colombia se reencontró con sus realidades, propias de un mundo que se edificó en el negocio de la violenta plusvalía. Siendo parte del teatro La Candelaria se integró junto a sus compañeros al esfuerzo de Luzardo en mostrar esa Colombia en sus entrañas abiertas a la vida y la súbita muerte. El personaje del secretario municipal observa, obedece y sueña con otra oportunidad que rompa su monotonía facilitada por promesas del partido.

Extraordinario que “El río de las tumbas” nos convoque desde Colombia a construir nuestra memoria visual hondureña desde la figura de este trotamundos que nos invita a buscar nuestras estéticas marcadas por complejas y diversas identidades.