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¿Dónde estuviste, Navidad?

Para los que cargamos muchas décadas y la escarcha de pasadas festividades navideñas se prende de nuestros cabellos, el recuerdo de viejas alegrías nos lleva a comparar el espíritu anterior con el que ahora aflora cada diciembre, en esa población que espera ansiosa la noche mágica del 24.Diciembre refleja, de alguna manera, el comportamiento del bienestar o malestar de los pueblos durante los once meses anteriores. En nuestra Honduras, este termómetro no ha sido muy favorable durante las últimas dos décadas.

La reducción en la capacidad de los hondureños en la adquisición de bienes y servicios necesarios para un mejor vivir es palpable. El engaño que resulta de esa aparente propensión al consumo en tiempos de una crisis prolongada solo sirve para identificar el peligroso sobreendeudamiento de la población a costos exorbitantes y a plazos incumplibles.

El fenómeno tradicional de los cohetes en Navidad y Año Nuevo no es tema para tratar irreflexivamente o por impulsos de temporada. Cuando se elevó por primera vez, hace muchos años, en el Congreso, la petición de prohibir a nivel nacional, no solo la venta sino también la producción de artefactos de pólvora, se advirtió que era absurdo tratar de borrar con un simple decreto legislativo cientos de años de tradición y, lo más importante, se descubrió que, en aquel tiempo (años 90 aproximadamente), más de cien mil personas solo en el occidente del país vivían de la elaboración de petardos y que esa prohibición solo presagiaba más hambre y desocupación en la región.

La pobreza generada y el hambre de esos niños, advertimos, puede llegar a matar o lesionar mentalmente a más criaturas que las que se lastiman en las ciudades por el estallido de estos artefactos.

Regulen su producción, pongan límites a sus tamaños y sobre todo eduquen al pueblo en su uso, pero háganlo por lo menos tres meses, todos los años, antes de las festividades, pero no corten la única vía que tiene un pueblo agobiado, para expresar su estado de ánimo y llamar la atención del Creador para que no olvide estos pueblos abusados por la mediocridad o la insensatez.

Esto no nos priva de reconocer la diligencia y preocupación de los médicos que ven sufrir a sus pacientitos por la irresponsabilidad o la ignorancia de sus padres. Pero el camino de la prohibición no es el correcto.

Busquemos adónde se fueron nuestras bellas Navidades, por qué perdimos el espíritu de gozo, de unidad familiar, de confraternidad cristiana, por qué se esfumó en las calles el saludo cordial entre desconocidos deseándose felicidad y prosperidad.

Señora presidenta, pídale a San Nicolás que vuelva YA, que no espere hasta diciembre; que nos traiga paz y sensatez, creatividad en los obligados a ayudarle a gobernar.

Que traiga lucidez a un Congreso para que legisle y no entorpezca el desarrollo humano de esta pobre Patria nuestra renunciando a esos zafarranchos que nos dedican frecuentemente

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