Escuché con atención las declaraciones del pastor Mario Tomás Barahona con relación a su petición de modificar el artículo 77 de la Constitución de la República. De esta forma, se permitiría que los ministros religiosos opten a cargos de elección popular.
Menciona que el derecho constitucional de todo ciudadano a elegir y ser electo se aplica en estas circunstancias.
Soy cristiano católico. Por supuesto que no comparto, e intento contrarrestar, el proceso de secularización de la sociedad actual. Estoy convencido que prescindir de Dios crea un desierto espiritual.
Muchas de las tristezas, angustias, pesimismos y sinsentidos de las personas de hoy en día se deben sencillamente a dar la espalda a una vida de relación con Dios.
Es tanto el trabajo pendiente para las iglesias, sus ministros y sus fieles en este campo que solo este argumento es suficiente para que los “hombres de Dios” se dediquen a lo que solo ellos, y no otros, pueden hacer.
De forma sabia, la Iglesia Católica prohíbe desde hace mucho tiempo a sus ministros participar en política.
Contrapuesto a este secularismo mal entendido existe también una secularización buena.
Consecuencia de las palabras dichas por el mismo Cristo en el Evangelio: dar al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.
La distinción entre religión y política, entre Iglesia y Estado es garante del respeto a la libertad de conciencia de todos los ciudadanos.
Como menciona el Concilio Vaticano II, esta distinción entre Iglesia y Estado no significa oposición, sino el respeto de la autonomía de ambos ámbitos, de esta forma se facilita la colaboración mutua, cada una en su sitio, para el bien de la sociedad.
La separación de funciones de la Iglesia y el Estado es algo profundamente evangélico. El clericalismo no es cristiano como lo ha mencionado el papa Francisco recientemente.
Esta influencia excesiva del clero o de los ministros religiosos en política no es bueno
ni deseable.
Sencillamente porque mediante argumentos de autoridad mal entendidos se puede coartar o impedir el ejercicio de sus derechos a los demás miembros de su respectiva iglesia
o congregación.
Existe el riesgo de establecer relaciones de poder o sumisión que no corresponden a los de una sociedad democrática.
Nadie niega que hace falta una nueva generación de políticos que tengan la rectitud moral, la competencia profesional y la valentía para cambiar a nuestro país.
Sin duda que muchos ministros evangélicos tienen todas estas características.
Sin embargo, mezclar religión y política sin orden ni concierto nunca fue bueno.
Si me permitieran darles un consejo les diría que sigan como hasta ahora, formando a los futuros políticos rectos y responsables.