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Era la certeza de mi voto duro. Votaría liberal, no podía ser de otra manera. Que, si no, podían salir de la tumba los queridos fulano y zutano y esas ocurrencias chuscas con que discurrían las tertulias políticas. El contertulio, uno de esos “pensante apolíticos”, alérgicos a los partidos pero nombrados funcionarios o consultores apreciados y bien remunerados de distintos gobiernos, pregunta “entonces si el candidato liberal fuera una vaca, ¿le daría su voto? “¡Voto por la vaca colorada!”. Confesión. Eran otros tiempos. Cuando la candidez creaba que los liberales solo podían ser de “una sola pieza”. Los referentes así lo indicaban. Mi abuelo Pepe, don José Mejía Arellano, presidente del CCEPL 1957-1963, designado del presidente Villeda Morales, entendía el liberalismo como desprendimiento, como cuando llegó a ofrecer a sus cuatro hijos varones, el otro era un niño, para defender a la Patria. Esa gestión que él encabezara con el insigne Dr. Gauggel como tesorero dejó enriquecidas las finanzas partidarias, porque entonces al partido sus autoridades le daban. Creía que todo liberal era mejor ciudadano: los liberales hacían su patrimonio con trabajo arduo, los otros con las arcas del estado. Los otros aplicaban “encierro, destierro y entierro”, los liberales ayudaban sin sectarismo, con humanismo. Mi abuelo defendería derechos de una señora de la Mancha Brava o tío Federico protegería la integridad física del jefe de la Policía, a quien enardecidos colorados malmataban justificándose en que era un asesino, a lo que él arguyera, “pero nosotros no”. Presentes, el Jorge Arturo Reina de entonces, los hermanos Elvir Rojas, Horacio y Felipe, con coraje, igual empuñaban la bandera nacional y el verbo, como la pluma o el fusil en protección de la nación amada. Ingenuidad infantil. No todos eran, menos son, como ellos. No todo colorado era y es bueno, y no todos los otros eran o son malos. Ya no se puede votar ni por vaca colorada ni por sagrada, si la hubiera. Solo
por Honduras.