Como lo hemos dejado claro en otros ensayos, no se trata únicamente de ver el saldo de la deuda pública total (externa más interna); hay que tomar en cuenta las condiciones tanto en plazos como en tasas de interés. Asimismo, tomar siempre en cuenta en qué se usan los recursos tomados en préstamo. El problema no es endeudarse sino, para qué, en qué condiciones y en qué proporción de la capacidad de pago. Por ejemplo, antes del golpe de Estado, un 93%, o sea, la mayoría de la deuda estaba sometida a tasas de interés fija y una porción minoritaria estaba a tasas variables (7%). Después de esa época, las condiciones de riesgo se fueron endureciendo persistentemente llegando hoy día a más del 37% contratada a tasas variables. A nivel de la deuda total, las tasas de interés promedio subieron desde 2.6% en 2008 a más del 4.2% en 2024. Parece poco en 16 años, pero considerando que se trata de millares de millones de dólares para un país con limitaciones, puede intuirse el grave impacto en el pago del servicio de la deuda dentro del presupuesto nacional.
La reciente contratación de deuda externa con bancos privados internacionales mediante la figura de bonos “temáticos y verdes” solamente es para disfrazar los mismos bonos “soberanos” con los que se endeudó al país a partir de 2012. Se comenzó con saldos de US$1,050 millones, luego se pasó a US$1,700 en 2017; US$1,800 en 2020; luego el gobierno de Castro tuvo que pagar entre 2022 y 2024, US$500 millones solo en esos bonos, bajando el saldo, pero raudamente, el gobierno contrajo más deuda en otros US$700 millones al 8.6% volviendo a quedar en un saldo de US$2,000 millones, que ahora resulta ser más alto que el recibido del régimen anterior. Todos esos bonos “soberanos” o “temáticos” implican plazos más cortos y tasas más altas. Peligroso enjaranamiento.
Todavía no logramos liberarnos de los burócratas cínicos e irresponsables a los que no les importa seguir enjaranando al país y comprometiendo todavía más las finanzas públicas. Deuda excesiva significa hipotecar el futuro y heredar calamidades a las presentes y futuras generaciones. Porque la deuda “pública” no la van a pagar los burócratas que hoy celebran eufóricos tener mayor flujo de efectivo y gavetas cargadas para “programas sociales” como prometieron con las reservas internacionales, que siguen cayendo. Total, les tocará pagar a los nietos de los hijos de Juancho Pérez el albañil, Pablo Pueblo el agricultor y hasta los descendientes de doña Moncha.
Lo cierto es que la preocupación sobre el excesivo endeudamiento público va más allá de estar a favor o en contra de un determinado gobierno o ideología. Son obtusos quienes ven las cosas así. Es una cuestión de prudencia financiera y soberanía de la nación. Paradójicamente, algunos que se jactan de defender la soberanía han sido precisamente los que se han encargado de dejar al país atado a compromisos financieros onerosos. Pretender ocultar o manipular cifras debe ser rechazado por la población, lo haga quien lo haga.
En esta coyuntura de cambios de autoridades en los poderes Ejecutivo, Legislativo y en los gobiernos locales, el electorado debe despabilarse y exigir a cada uno de los candidatos compromisos concretos para liberarnos del excesivo endeudamiento, garantizar el uso productivo y estratégico de los recursos obtenidos en préstamo y, para rescatar el futuro que, en las actuales condiciones, está hipotecado a los acreedores.