Todas esas maravillosas características del hondureño siguen ahí, son la cultura y valores de nuestra sociedad, pero se ven ocultos por los conflictos y es cuando se vuelve relevante la forma en que fuimos erigidos ante el conflicto sopesando nuestra ética, integridad, valores y cultura.
“La risa de unos se opaca con la mirada de odio de otros, la inmadurez emocional, el resentimiento y la envidia hace personas tóxicas, infelices e incapaces de dar felicidad, las personas son más duras hoy, parecen zombis y es preocupante porque pasa en adolescentes y en personas maduras”, me dijo Menfis, mi esposa, y me llama la atención lo de zombi.
Con tanto mal y conflictos hay quienes se convierten en un zombi, aduciendo que ha fallecido su integridad, ética y valores y que fue resucitado mediante un elemento “mágico”, la corrupción, y ahora obedece las órdenes de aquel que lo resucitó.
Este zombi se reincorpora a la sociedad esquivando las reglas, este zombi cree que el que roba y comparte no es un ladrón, o el que roba al ladrón tiene cien años de perdón.
El que Honduras tenga conflictos y ciertas crisis no es del todo malo, si partimos que el conflicto tiene funciones y valores positivos como evitar los estancamientos, estimular la curiosidad y atrevimiento de muchos para incitar el interés en cambios personales y sociales. No obstante, el conflicto también nos puede llevar a rumbos destructivos, porque todo comienza en nosotros en nuestras actitudes y creencias sobre el conflicto.
Sabiendo que en medio del conflicto hay zombis, el antídoto para no ser un zombi es pensar que para tener éxito hay que tener integridad y confianza, tiempo para compartir nuestra persona, lo que somos y creemos para convertirnos en guías.
Es cierto que necesitamos políticos, pero también necesitamos guías de vida que rompan los paradigmas, que muestren como con ética y honestidad se puede vivir mejor y hacer negocios en buena lid y que se vuelvan instrumentos para inspirar a otros e influir en la sociedad acabada.