Columnistas

Agradecer y celebrar la vida

¿Qué méritos tenemos tú o yo para recibir tantos regalos gratuitos? Se nos han dado preciosos amaneceres y atardeceres sin ningún costo; podemos disfrutar las caricias de la lluvia y la brisa como si fuéramos sus apasionados amantes; apreciamos las flores de los campos que nadie ha sembrado; vemos crecer los frutos en árboles que nadie plantó; y recorremos y nos bañamos en las aguas de los ríos, cuyo curso a lo largo de los años no hemos trazado.

¿Has meditado en cuántas veces ha palpitado tu corazón en tu pecho desde que naciste? ¿Has pensado cuántas veces inhalaste y exhalaste el aire por tu nariz a lo largo de tu vida? ¿Has reflexionado en que este pequeño planeta verde que habitamos es un completo milagro? Posiblemente no, pero ya es tiempo de que utilices algún tiempo para terminar de entender que tú y yo somos unos privilegiados ingratos, porque lo más importante, como la vida y la alegría de existir, lo hemos recibido de forma completamente gratis, por lo que debiéramos estar profundamente agradecidos.

Importa muy poco si por todo ello no le agradeces a Dios, porque igual Él seguirá queriéndote de forma incondicional, ya que simplemente está en su naturaleza amar sin medida y ser misericordioso y compasivo; y aunque extravíes y equivoques tu camino, Él siempre saldrá a buscarte y después de encontrarte, te acariciará con ternura y te cargará con mucha alegría en sus poderosos hombros.

Una de las parábolas más bellas y tiernas del Nuevo Testamento está contenida en Lucas 15: 11-32, donde se narra lo relativo a ‘El hijo pródigo’, cuyo contenido es demasiado profundo para encerrarlo en unas pocas líneas.

Abordémoslo como si tú y yo fuésemos ese hijo pródigo que decide marcharse de casa y derrochar la herencia recibida en placeres y diversiones mundanas, hasta quedar sin un peso en la bolsa y padecer calamidades. Autosuficientes buscamos trabajo, pero lo único que encontramos es cuidar cerdos, cuyos alimentos envidiamos sin poderlos consumir.

Aquí llega el gran momento de inflexión; nos damos cuenta de que en la casa de nuestro padre hasta los peones viven mejor que nosotros, por lo cual decidimos retornar, pero admitiendo valientemente que somos indignos de recibir un buen trato.

Lo hermoso del relato bíblico consiste en que nuestro padre ha estado esperando que retornemos a casa, y cuando nos ve llegar, corre a nuestro encuentro y nos abraza y cubre de besos, y aun antes de que terminemos de pedirle perdón, ordena que nos cubran con el mejor vestido, calcen nuestros pies desnudos y adornen uno de nuestros dedos con un anillo; y si todo esto fuese poco, también manda celebrar nuestro arribo con una fiesta, sacrificando el ternero gordo para comerlo acompañado de orquesta y baile.

¿Cómo nos portaremos después de recibir tan espléndido recibimiento? Yo no sé tú, pero en lo que a mí respecta, doy una y mil gracias por la vida y porque mi Padre Celestial me ha dado múltiples muestras de su infinito cariño, sin olvidarse naturalmente de toda mi familia.