Columnistas

52º aniversario del Concilio Vaticano II

El 8 de diciembre de 2017 se conmemoró la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II; un hecho histórico y significativo no solo para sus creyentes, sino también para el mundo entero.

De hecho, el concilio produjo una transformación de las relaciones internacionales a nivel global durante el siglo XX. El 25 de enero 1959 el papa Juan XXIII comunicó al mundo la convocatoria a un concilio convocado con la intensión de incorporar a la Iglesia a la modernidad y responder a una serie de necesidades concretas de la Iglesia.

Para ello resultaba imprescindible romper con inercias, renovar estructuras y favorecer un clima de diálogo entre los católicos, los cristianos y los hombres de buena voluntad. Fue el vigésimo primer concilio católico y uno de los encuentros universales (ecuménicos) más grandes de toda su historia. En efecto, más de 2,450 obispos de todos los continentes se reunieron con representantes de otras religiones que participaron de este evento, constituyendo así un hito de diálogo y de reflexión, prácticamente inédito.

El fin principal del concilio fue el aggionarmiento (actualización) del credo católico y el acercamiento de la Iglesia a todos sus fieles. Era indispensable establecer un diálogo con el mundo moderno y la sociedad del siglo XX; un diálogo en el que, sin abandonar sus principios y sus puntos de vista, la Iglesia ofreciera respuestas a nuevos problemas y desafíos tanto del presente, como del futuro.

De hecho, los obispos de todo el mundo venían confrontando grandes cuestionamientos asociados al cambio político, social, económico y tecnológico. Algunos de ellos, creían que era necesario que la Iglesia encontrara nuevas formas para relacionarse con el mundo y reemplazara ciertas concepciones, normas, costumbres, prácticas y ritos que llevaban cuatro siglos en vigor y que –si bien eran considerados prácticamente inmutables– debían ser profundamente transformadas para dar paso a una nueva mentalidad.

Un total de dieciséis documentos surgieron de las sesiones conciliares agrupados en orden de importancia en tres categorías: (4) constituciones; (9) decretos y (3) declaraciones. El tema estrella del concilio fue la Iglesia. A ella, se dedicó tres de las cuatro Constituciones: Lumen Gentium (LG); Gaudium et Spes (GS); Sacrosanctum Concilium (SC).

La cuarta Constitución, Dei Verbum (DV) cae en el campo de la fe y la teología. Entre los frutos conciliares se constata una serie de cambios sustanciales como el acercamiento y el diálogo con otras religiones, la voluntad de acrecentar la presencia de la Iglesia en los medios de comunicación para anunciar el Evangelio al mundo moderno y reforzar el papel de los laicos en la iglesia.

La liturgia y el culto también experimentaron grandes cambios.

Por el momento, uno de los retos de la Iglesia es seguir descubriendo los espacios creativos y de interpretación dejados abiertos por los documentos conciliares que todavía impulsan un nuevo estilo de hacer Iglesia en la presente década.

El concilio, tiene todavía muchas cosas que decir y nosotros que aprender. Sin duda, los resultados del concilio todavía no son tan visibles como deseado, pero les llegará su hora.

El concilio es rico en nuevos fermentos, en nuevas enseñanzas, abierto al futuro de la Iglesia y de la humanidad, aunque todavía parece que al camino iniciado le queda aún mucho trecho por recorrer.

Como corolario final, transcurridos los 52 años de la clausura del Concilio Vaticano, es tiempo de “releerlo, profundizarlo, asimilarlo y llevarlo aún más a la práctica”.

Es tanta la riqueza que contiene, es tanta la luz que proyecta que necesitamos, con humildad y sabiduría, dejarnos conducir por este potente faro, para encaminarnos a la renovación eclesial y del mundo que está en sus entrañas.