2020 es el año víspera de las elecciones generales y de la crisis económica global anunciada por los organismos financieros y la prensa internacionales. Será también, es muy posible, víspera de conflictos globales muy peligrosos para la paz y el comercio globales, como podemos temer desde ahora.
De manera que 2020 debiera llamarnos a la reflexión cívica y política, tema obsesivo de esta columna durante décadas. En 2020 debemos prevenir y negociar diferencias en beneficio del país, de su gente y de la economía, para concertar soluciones entre las dirigencias políticas, empresariales y sociales, como aquí se ha insistido tanto.
De hecho, debimos concertar en 1980, al iniciar el ensayo democrático. Pero como aquí se escribió, el ensayo fracasó porque “…fue negociado y administrado por los mismos liderazgos del viejo orden, conservador, autoritario y en ocasiones cómplice de los golpes militares” (Artículo: ¿Quiénes impiden la concertación nacional?).
La necesidad de tal convergencia se hizo más imperiosa con las elecciones de 2014, que “…dejaron más bien un mandato de concertación social, de manera que gobierno y oposición enfrentan un desafío para recuperar la gobernabilidad del país. Y ya que el gobierno detenta la autoridad, y la oposición ostenta la libertad, la oposición lleva por lo menos la mitad de la responsabilidad cívica y política” (Artículo: Poder, oposición y democracia).
Las primeras opiniones de esta columna sobre el nuevo presidente fueron de prudente optimismo, pero se advirtió que si la oposición no cumplía su rol, el vacío que dejara sería ocupado por el presidente, como lo haría cualquier político, y que la tentación autoritaria sería inevitable.
La oposición, se ha dicho aquí, ha sido fraccionaria, inestable, a veces complaciente y gelatinosa.
Ahora los esperables conflictos y riesgos son mucho más profundos. “Una depresión económica mundial es esperada para 2021, en tanto que nosotros, como van las cosas, avanzamos hacia un conflicto político interno que podría estallar durante las elecciones generales de ese año, si antes no hay acuerdos políticos sobre elecciones, reelecciones, economía y otros incordios” (Artículo: ¿Quiénes impiden la concertación nacional?).
“Ahora debemos recuperar el orgullo nacional para llevar a Honduras al nuevo siglo. Nace otro mundo, y la nación no debe quedar fuera. Los jóvenes quieren ser parte. No les expongamos al virus de la desesperanza. Ellos necesitan amar a su país y ser amados por él. De otra forma, crecerán sin luchar, y vivirán agachados, como hemos vivido hasta ahora” (Artículo: La maldición de la lágrima).
Nuestro pueblo “no es corrupto, ni haragán, ni indolente, ni tonto, ni cobarde. Apoyará toda concertación genuina. Pero la paciencia de la gente tiene fecha de vencimiento. Es mejor que el estamento político lo entienda” (Artículo: La sexta pregunta).
Pero “el estamento político está atrapado por la inacción, la sorpresa y el caudillismo. La presión pública debe exigir un diálogo nacional, no facilitar la sordera del poder ni el oportunismo de la oposición. Si no hablamos y no acordamos ahora acciones vitales concertadas, quedaría una sola pregunta cuando la violencia política se haya desatado: ¿cómo pudimos ser tan torpes, ciegos e irresponsables?” (Artículo: Preguntas imprudentes).