Hoy se vive de espaldas a la muerte, como si esta no existiera. Cambian los contenidos de las noticias y junto al tema de la muerte, lo erótico y lo sexual. Estamos en el espacio de la indiferencia. Si la vida estorba, se arranca. Pero como no podemos hacer lo mismo con la muerte, la borramos psicológicamente y dejamos de tratarla.
A pesar de esto, las mentes creativas, las que tienen la capacidad de generar hipótesis y diversas historias, se afrontan a los problemas existenciales y les dan espesor en su obra, ejerciendo sobre ellos una especie de iluminación, que luego nos comparten. No es tanto la autodestrucción lo que se aborda, sino más bien un cuestionamiento hacia el pensamiento mayoritario y común de banalizar la existencia. Sin duda, el ser humano está harto de estar vacío, hueco, lleno de aire, oscilante entre el melodrama (del que participan los medios de comunicación) y una apatía hecha de dulzura, escepticismo y ambigüedad. Mientras esa banalidad se endurece, tenemos que reconocer que Honduras se vuelve una plaza de la muerte; una plaza donde la delincuencia fustiga con especial soltura y talento, alcanzando un tamaño histórico, producto de una urdimbre social mediocre, discriminadora, politiquera, injusta, superficial y conservadora, hecha de almas pusilánimes.
Esto es cierto.
Cuando ha terminado o caído la tarde de un fin de semana, por ejemplo, escuchamos o leemos que el sueño de la vida ha sufrido daños irreversibles. Llega la muerte como realidad que esencialmente afecta al hombre libre y solidario, a quien cultiva los valores por encima de las circunstancias.
Por desgracia, a estas víctimas terminamos pagándole con indiferencia, dejando que el tiempo las olvide radicalmente.
Después de muchas derrotas sufridas y asumidas, parece que hemos llegado a ser insensibles a las cuestiones de la vida, y lo que conocemos después de todo es un saber mediático aislado, sin verdaderas consecuencias para tomar decisiones y transformar los problemas en retos y desafíos.